Reflexiones sobre la evolución del ser humano

Reflexiones sobre la evolución del ser humano (Enseñanzas Teosóficas: 51)
Posted: 27 Jan 2018 11:47 PM PST

Es bien sabido que la humanidad, como especie, está en constante evolución. Y aunque se habla poco de ello, distintas tradiciones espirituales y estudios recientes en el ámbito de la psicología indican que, como fruto de tal evolución, el ser humano desarrollará un nuevo sentido que se añadirá a los cinco tradicionales. De hecho, siempre ha habido gente con ese nuevo sentido a flor de piel, pero se ha tratado de una minoría. La novedad radica en que el nuevo sentido estará presente y activo, lo empieza a estar ya, en un número significativo y creciente de personas –al inicio solo de manera testimonial, aunque se hará cada vez más patente-. ¿En qué consiste este nuevo sentido? En la posibilidad de percibir el campo etérico y el plano astral.

Numerosas escuelas espirituales -normalmente en sus círculos más internos o esotéricos- hacen mención a que la vida del ser humano no discurre solo en el plano físico, sino también en los planos astral y mental. Esta circunstancia pasa desapercibida para la inmensa mayoría de la gente dado que mantiene su consciencia completamente enfocada en el plano físico y solo a veces, por la noche, mientras el cuerpo físico duerme, este enfoque se traslada al plano astral y se dice entonces que hacemos “viajes astrales”. Los pocos que se han percatado de esto y han conseguido mover su consciencia a voluntad de un plano a otro, nos han dado información sobre cada uno y nos han indicado, por ejemplo, que en el plano astral cabe distinguir entre un nivel superior y más sutil y otro inferior y de menor frecuencia vibracional.

¿Qué implica esta percepción del campo etérico y el plano astral? Pues el arranque y activación de una serie de facultades psíquicas que ya comienzan a experimentar bastantes personas. A modo de ejemplo: lo que hoy se llama clarividencia (verbigracia, contactos con el más allá); percepciones difusas acerca del futuro; vislumbres y reminiscencias sobre el pasado; movilización de diversas energías; curaciones y sanaciones; y otras capacidades comúnmente calificadas como paranormales.

Ante la aparición de estas facultades, se nos ha enseñado -desde los Yoga-Sutras de Patanjali, que se remontan al siglo III a.C., y aún antes- que resulta primordial adquirir fundamentos, mediante el estudio riguroso y la experimentación consciente, acerca de lo que se está haciendo y se pone en acción. No son un juego ni un divertimiento; y han de ser utilizadas con sentido común y responsabilidad.

Además, se nos ha advertido de la importancia de: no obsesionarse con estas facultades, evitando quedar abducidos por ellas y por el mundo fenomenológico; no efectuar prácticas de estados alterados de consciencia, sea cual sea el medio o procedimiento (cultos, rezos, cánticos, ingestión de sustancias…); no caer en el psiquismo, frecuentemente debido a las influencias en nosotros del plano astral inferior cuando estamos en estados emocionales perturbados y densificados; ser cautos con asuntos tan delicados y transcendentes como la energía Kundalini o los Registros Akáshicos, cuya apertura y uso solo debe hacerse cuando se ha avanzado notablemente en el Sendero espiritual (en caso contrario, sus efectos puede ser muy nocivos desde el punto de vista físico y consciencial); no hacer negocio al ejercer y compartir facultades como las descritas; y no confundirlas con el desarrollo espiritual.

Es especialmente necesario hacer hincapié en esto último, porque se suele olvidar que una cosa es la evolución del ser humano como especie y otra su evolución espiritual. No en balde, esta va unida a la evolución del alma, que va adquiriendo y ganando auto-consciencia por las experiencias desplegadas en cada una de las vidas o reencarnaciones de la cadena de vidas en la que se plasma nuestra encarnación en el plano humano.

Y el paulatino avance en auto-consciencia permite, entre otras cosas, que entren en acción, como fruta madura y de manera natural, una serie de dones relacionados con los mundos super-físicos que hasta entonces permanecían durmientes. En Teosofía, a estos dones se les denomina “Siddhis”, término sánscrito que puede traducirse como “logros” o “poderes”. En el capítulo o sección III de los Yoga-Sutras de Patanjali antes mencionados, se describen con detalle estos Siddhis, que nada tienen que ver con las facultades derivadas del nuevo sentido ya comentadas.

Cada uno de ellos se pone en marcha y se activa exactamente cuándo corresponde, en función de nuestra evolución espiritual. Ni antes ni después. Y no hay atajos, por lo que no pierdas el tiempo buscándolos. Si lo haces, casi sin darte cuenta, caerás el psiquismo y en la abducción por lo fenomenológico que antes se reseñaba. Además, la persona en la que los Siddhis se van realmente desarrollando, lo guarda en anonimato y, por supuesto, no alardea ni hace ostentación.

Y desde luego, para terminar, hay que recordar que la evolución espiritual no es algo teórico, sino eminentemente práctico. Algunos de sus signos externos son la armonía y el equilibrio de nuestros componentes físico, etérico, emocional y mental; la confianza en la vida; la aceptación –que no es resignación, sino resultado de esa confianza- y la ausencia de quejas; la acción desde la Sabiduría-Compasión; y la puesta en práctica en la vida diaria de los consejos de conducta y comportamiento dados por todas las tradiciones espirituales serias, desde los Paramitas budistas al Yama-Niyamahinduista.

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Autor: Emilio Carrillo
Fuente: Revista Universo Holísitico. Enero, 2018. Páginas 64 y 65

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La Sabiduría Divina: Teosofía, océano sin orillas de la Verdad y el Amor

La Sabiduría Divina: Teosofía, océano sin orillas de la Verdad y el Amor (Enseñanzas Teosóficas: 49)
Posted: 21 Jan 2018 12:22 AM PST

En muchos de los talleres y charlas que comparto hablo de Teosofía. Y son numerosas las personas que, al finalizar, me preguntan qué es la Teosofía y, complementariamente, qué es la Sociedad Teosófica. Para responder estas preguntas, el Grupo de Estudios Teosóficos “Fraternidad” de Sevilla acaba de editar el libro Teosofía: Curso básico (Ediciones Adaliz), que agrupa un par de obras de dos grandes teósofas -Annie Besant (1847-1933) y Emogene Simons (1880-1960)-, así como un Estudio introductorio que he escrito para la ocasión junto con mi esposa, Lola Rumi.

Con el telón de fondo de este texto, lo primero subrayar es que no debe confundirse la Sociedad Teosófica con la Teosofía. No en balde, la Teosofía es, a la vez, muy antigua y muy nueva: muy antigua, porque incorpora principios que siempre han conocido y enseñado los sabios de las sucesivas épocas y culturas del pasado; y muy nueva, porque incluye las últimas investigaciones de la era actual. De hecho, ha habido teósofos y Escuelas Teosóficas desde siempre y la Teosofía ha estado en la humanidad desde sus comienzos. Puede afirmarse con razón que cada gran instructor espiritual, pensador y filósofo es un teósofo. Aunque las enseñanzas se han ofrecido a través de las edades bajo diferentes denominaciones e idiomas, variando los aspectos externos o su forma de presentación, lo que transmiten es esencialmente lo mismo y constituye el núcleo interno de la religión, la filosofía y la ciencia.

En este punto y siguiendo a Emogene Simons, con viene reflexionar acerca de como el ser humano, en su devenir histórico, ha adquirido gran habilidad para manipular las leyes físicas, pero cuando se trata de vivir, la cosa es diferente. No aplicamos la misma inteligencia y realismo. ¿Por qué? Los problemas más tremendos de la vida no han sido explorados con la misma intensidad que ha caracterizado nuestras investigaciones del universo físico. Nuestros intelectos indagadores están repletos de toda clase de enseñanzas contradictorias sobre las cuales, hasta muy recientemente, se desalentaba más o menos toda discusión. Ante una circunstancia tan paradójica, la Teosofía aporta claves fundamentales para encontrar el significado de la vida.

En cuanto al origen de la palabra en sí, el término “theosophia” fue usado por primera vez en un escrito de Porfirio, filósofo alejandrino perteneciente a la escuela neoplatónica, datado en el siglo III. Se compone de las palabras griegas “theos” (“dios” o “divino”) y ·Sophia” (“sabiduría”), por lo que puede traducirse como “Sabiduría Divina”. El término floreció entre los neoplatónicos (como Ammonio Saccas) hasta el siglo VI y fue igualmente usado por ciertos gnósticos y cristianos. Posteriormente, diversos movimientos y personas centrados en lo espiritual adoptaron también para sí el calificativo de teósofos o teosofistas, verbigracia: Meister Eckhart, en el siglo XIV; un grupo de filósofos renacentistas como Paracelso, en el XVI; Robert Fludd, Tomas Vaughan y Jacob Boehme, en el XVII; y Emmanuel Swedenborg y Kart von Eckarthausen, en el XVIII. Finalmente, el movimiento teosófico reapareció en el tramo final del siglo XIX con la fundación de la Sociedad Teosófica.

Concretamente, la Sociedad Teosófica fue constituida en 1875 por H. P. Blavatsky, H. S. Olcott, W. Judge y otros. A lo largo de sus 142 años de historia, han pertenecido a ella destacadas personalidades en los ámbitos de la cultura, el arte, la ciencia, la educación, la reforma social y, por supuesto, la espiritualidad. Actualmente la Sociedad está implantada a escala mundial y tiene secciones y “ramas” en casi todos los países del mundo. En organización y administración, cada rama es autónoma, si bien es parte de la Sociedad madre, cuya sede internacional se ubica en Adyar (Chennai, India). La completa libertad de pensamiento es básica en la actitud de la Sociedad. Y dentro del vasto conjunto de ideas que ofrece, no se impone ningún dogma, credo o creencia específica. Eso sí, cuenta con tres objetivos constituyentes que todos sus miembros han de plasmar en su vida cotidiana:

1º. Formar un núcleo de la fraternidad universal de la humanidad, sin distinción de raza, credo, sexo, casta o color.
2º. Fomentar el estudio comparado de la religión, la filosofía y la ciencia, en el convencimiento de que persiguen lo mismo –responder a las preguntas transcendentes que siempre se han formulado los seres humanos-, que para vislumbrar la Verdad se necesitan las tres y que todas las tradiciones espirituales serias cuentan con un mismo tronco de sabiduría común.
3º. Investigar las leyes no explicadas de la naturaleza y las facultades y capacidades latentes en el ser humano para propiciar el conocimiento de uno mismo y el desarrollo consciencial y espiritual tanto personal como colectivo.

Sobre estas bases, la Sociedad Teosófica no persigue promover ningún credo, ni ningún sistema de creencias, sino mostrar al mundo que la Teosofía existe y poner a la disposición de todos los grandes conceptos universales que componen su sistema metafísico. Por esto, porque no se trata de promover un nuevo culto, es responsabilidad de sus integrantes no limitar la Teosofía a un conjunto cerrado de conceptos y preservar un espacio de libertad para que cada miembro descubra la Teosofía por sí mismo, de modo que, viviendo de acuerdo con sus enseñanzas, pueda avanzar en su estado de consciencia y evolución espiritual, aportando su grano de arena al de la humanidad.

En palabras de H. P. Blavatsky: “La Teosofía es el océano sin orillas de la verdad, del amor y la sabiduría universales, que refleja su radiación sobre la tierra… La Sociedad Teosófica fue formada para mostrarle al género humano que ese océano existe”. Claro que esto no quiere decir que este “océano sin orillas” sea posesión exclusiva de la Sociedad Teosófica; existe por doquier y en todo tiempo y ha estado disponible para las mentes que investigan sin miedo. Pero algunos de los conceptos que la hacen inteligible han sido formulados quizá más específicamente en la literatura Teosófica que en cualquiera otra.

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Autor: Emilio Carrillo
Fuente: Revista “Tú Mismo”. Enero, 2018
https://tu-mismo.es/articulos/conciencia/1124-la-sabiduria-divina
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