Memorias de un descarnado: 16 de 29. Por Deéelij

Memorias de un descarnado: 16 de 29. Por Deéelij Posted: 24 May 2021 08:25 PM PDT     “Tenemos dos opciones. O estamos llenos de Amor, o estamos llenos de miedo”. Albert Einstein. Científico alemán nacionalizado estadounidense. (1879-1955)      “El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que tienen miedo, muy largo para los que se lamentan, muy corto para los que festejan. Pero, para el que Ama, el tiempo es Eternidad”. William Shakespeare. Escritor inglés. (1564-1616)        Lo hizo, algo desconfiado, pero asombrándose al ir pasando revista a cada pieza referida. Introdujo un trapo dentro del tubo de escape; ni siquiera salió manchado. Incluso revisó las rendijas más difíciles de limpiar. Todo estaba… no limpio, sino impecable: ¡absolutamente incólume!      –    Lo mínimo que hay que hacer es ser agradecido dando las gracias –exclamó Pitt con dureza –, antes de criticar el resultado final.      –     Lo siento Pitt – contestó avergonzado –. Gracias. Tenías razón: está perfecta.      –     ¿Sólo perfecta? – Volvió a desafiar –  Eso podrás decirlo cuando la pruebes. Y no sé qué estúpida excusa tienes para no hacerlo. ¿A qué esperas? – propuso con energía, incitándole –. ¿Dónde está tú sangre? Venga: Arranca y corre.      Estupefacto por la actitud desafiante, orgulloso y seguro, no tuvo más remedio que proceder. Imaginaba, en su aún ignorancia, que toda la maquinaria respondería como siempre, sin novedad. Al ir a buscar con la mano la llave de contacto, encontró que la misma no se hallaba en su lugar.      –    Pitt, has debido de perder… – no le dio tiempo a concluir cuando él se las mostró – Anda, dámelas.      –       Hazlo, sin llaves.      –   ¿Cómo? Eso no es posible. Las necesito. Venga, Pitt, déjate de chorradas.      –     No es ninguna chorrada. Todo es posible si así lo consideras y formulas en tu pensamiento y desde tu Ser, creyendo al crearlo, simplemente, porque te lo mereces ¿Por qué no pruebas a hacerlo usando las reglas hasta ahora aprendidas? Será la mejor forma de demostrarte que están asimiladas. ¿Te atreves… A volar sin alas?      ¿Atreverse? Por supuesto que sería capaz. Si pudo hacer volar el VZ con sólo imaginarlo, podría arrancar la Harley sin inconvenientes. Cerró sus ojos, dejando caer todo el peso sobre sus posaderas afianzadas en el asiento de cuero; relajó cada parte de su cuerpo y lo dejó fluir. Imaginó, visualizando, que movía las llaves, y cómo éstas, al girar, conectaban el circuito de encendido. Imaginó metiendo el puño al mismo tiempo que, introduciendo combustible a las bujías, éstas respondían encendiendo el motor. El repiquetear de los pistones le hizo saltar de su encierro interior.      La moto había cobrado vida con sólo usar las reglas aprendidas. Entendió, una vez más, que todo ello es aplicable a todo, ya que todo está interconectado, como lo están las normas de vuelo. Captaba la esencia de la pureza de tales fundamentos. Con los ojos de par en par contempló la excelsa sonrisa de Pitt. Lo más sorprendente fue comprobar que las llaves seguían en manos de éste.      –     ¿A qué esperas para rodar? – Instigó sujetándole por el brazo antes de que partiera a lo loco – Da una vuelta por la pista, y de vuelta ¿De acuerdo?      Asintió. Metió la primera marcha; giró el puño con suavidad. De igual modo ambos se deslizaron sobre la tierra sin levantar mota alguna de polvo hasta llegar a la mitad de la uno cuatro. Paró. Aceleró en vacío advirtiendo su maniobra a cada una de las partes de la máquina, y se lanzó a todo gas como si fuese a despegar. Aceleró hasta llegar a ciento ochenta kilómetros por hora cuando tan sólo cien metros le separaban del abismo que le recibiría al final de la pista. Cerró los ojos visualizando la maniobra: ¡Lo consiguió! Frenó totalmente, justo a escasos centímetros de la conclusión del asfalto. Los párpados se desplegaron dando lugar a la afirmación de un paisaje inmenso. La fuerte excitación del instante, permitió advertir con todo su Ser la seguridad inmensa que albergaba toda su existencia. Estaba llegando a cotas de superación increíbles e impensables en su anterior vida. Recapacitó. Meditó al ritmo del ralentí del motor que era idéntico al de su corazón, suave, acompasado, relajado, vivo; y regresó.      Pasaron dentro y se sirvieron una infusión de menta.      –     Bien, Jano. Empecemos con la siguiente norma, la última. Abre el manual y léela.      La ilusión ante la confirmación de que procedía con el final de la instrucción se perfiló en su rostro. Ya no quedaba nada, a lo más, un día, supuso.      –     ¿Y luego qué?      –     ¿Y luego qué, de qué?      –    Digo que una vez termine con el aprendizaje de todas las normas de vuelo ¿Qué pasará?      –   ¡Ya estamos con la impaciencia! Primero abordemos el tema. Todo a su debido momento. Venga, búscala.      Obedeció al instante. Pudo desplegar la página y todas las demás. El resto continuaba en blanco, excepto un pequeño grupo que permanecía agrupado, como pegadas al final del mismo. La lectura mostraba una frase como las anteriores: escueta, sencilla; y como no, enigmática: “Todo es Amor”. Quedó pensativo. Intentó extraer alguna conclusión, sin embargo, nada llegaba a su raciocinio. Levantó su cabeza enfilando la mirada del Jefe de Instrucción.      –   ¿Lo entiendes? – Preguntó, mostrando un gesto con la mano para que no contestara. Era obvio que no sabría hacerlo – Dime, ¿qué es necesario para volar?      Jano no tuvo que pensar mucho. Era muy clara la respuesta.      –     Sencillo Pitt, un avión.      –    ¡Error! – manifestó acompañado de un gesto de hombros y manos –. Las aves vuelan por sí solas, y no son aviones. Inténtalo de nuevo: ¿Qué es necesario para volar?      –     Bueno… – empezó algo meditativo – En vista de eso, podemos decir que para volar es necesario tener alas. ¿No?      –     No. El polen vuela; las hojas impulsadas por el viento vuelan; las nubes vuelan… Hay multitud de cosas y elementos que, sin alas, vuelan. Tú mismo hubieras volado con la Harley hace un momento si no hubieses frenado. Otra vez: ¿Qué es necesario para volar?      Esta vez no quería aventurarse a dar una respuesta rápida. Percibía que estaba quedando como un auténtico pardillo, por no decir otra cosa… Cosa que ya no le pre-ocupaba. Se negó a criticarse o anularse. Conseguiría o no la respuesta adecuada, pero por ello no se produciría insulto o menosprecio como anteriormente hacía. Pasara lo que pasara, no se volvería a invalidar. Pero la respuesta no llegaba: no sabía qué poder aportar como solución.      –     No sabría qué decir Pitt. No lo sé.      –     Bien. No importa. Te lo diré yo: Todo lo que se necesita para volar es aire. Sin…      –     ¿Cómo no he caído en la cuenta? Tienes razón…      –   Espera, espera –retomaba Pitt paladeando cada palabra –. Sin aire, es imposible conseguir el vuelo. Necesitamos irremediablemente del mismo para volar. O lo que es lo mismo, y es lo que en realidad estamos tratando de inculcarte: para ser feliz, necesitamos absolutamente envolvernos del Amor. ¿Qué es lo que te rodea cuando vuelas? – Preguntaba y respondía al mismo tiempo –: el aire exclusivamente. Es lo único que te permite el sustento. Es lo que permite mantenerte ahí. Por tanto, todo lo que hay que hacer para ser feliz es sumergirse, rodearse, encubrirse de Amor. De ahí la frase del manual: “Todo es Amor”. ¿Lo captas?      –   Veamos – intercedió Jano en su favor. La explicación le había dejado un tanto impactado –. Según tu explicación, entiendo que en efecto, para que el vuelo pueda producirse es necesario únicamente el elemento aire. De lo contrario no es posible tal condición. Y que, extrapolando tal ejemplo, hay que entender que, para poder ser feliz es imprescindible hacerlo con Amor. De lo cual se deduce, lógicamente, que una cosa sin la otra no es posible. ¿Estoy encaminado?      –    Si y no – decía gesticulando con las manos –.  Matizo tu conclusión: Para poder volar el aire es el requerimiento. El aire siempre está ahí; por lo que no puedes volar sin usar el aire. Es decir, para ser feliz usa el Amor. Hazte Amor. El Amor siempre se encuentra estés donde estés; pero si no usas el Amor no podrás ser feliz. No es exactamente como tú lo has mencionado. Quiero que te quede claro lo siguiente: El Amor está siempre presente; con él puedes navegar, volar, alzarte. Pero si lo que quieres es, sobre todo, volar, sólo podrás hacerlo usando el aire, siendo Amor. ¿Está claro ahora?      –     Pero bien sabemos – habló ahora Jano – que, en la medida en que uno asciende el aire es menos denso, y se requiere mayor velocidad para sustentarse, de lo que se deduce que, cada vez que se ascienda más alto, que es lo mismo que decir que, cada vez que la cota de felicidad es más alta, el Amor que se encuentra es menor, y para ello es necesario aumentar algo. ¿Qué es ese algo? Pues podemos salir de la atmósfera donde el aire ya no existe, y, por tanto, la sustentación se hace imposible. Quiero decir, con ello, que si el ejemplo que expones es ese, el aire tiene un límite, y, como consecuencia, el Amor también posee la misma acotación. De tal forma que el Amor no lo es Todo, o lo que es lo mismo: cuando el aire se acaba, el vuelo se hace imposible. Creo que algo no cuadra en toda esta teoría.      –    Lo esperaba. Tienes razón si todo lo llevas a la materialidad. Tan sólo has de extrapolar de nuevo. Esto es un ejemplo para darte a entender esta norma de vuelo. Y ese algo que preguntas y ese descuadre que entiendes encontrar se solventan, y bien lo sabes, con el resto de las normas de vuelo. Recuerda: ninguna funciona sin la puesta en práctica de las demás en conjunto. ¿Comprendes?      –   Creo que no. Pues por mucho que ponga en práctica todas las normas al mismo tiempo, el aire tiene un límite. Algo sigue sin cuadrarme en todo esto, Pitt, y créeme que intento seguir tu razonamiento, pero…      –    Tranquilo. Empecemos de nuevo. Estamos de acuerdo en que es imprescindible poner todas las leyes del vuelo en juego al mismo instante. Por tanto, si empezamos por la primera, podemos concluir que si piensas que todo es posible, así lo es. Piensa que siempre encontrarás aire, y lo encontrarás. Ya sabes que el poder del pensamiento crea lo que quieres; es el motor inicial. Seguiríamos con la segunda, aunque no sería necesario porque lo verás en el momento en que lo crees y creas que es posible. Aplicando la siguiente, podemos seguir matizando que, en la medida en que tú eres la causa, el efecto se produce, y que ello es posible si crees que así te lo mereces, y, además, el resto siempre se puede alcanzar sin resentimiento, de lo que es deducible que Todo es Amor si así lo consideras, pues es lo único necesario para poder volar. ¿Lo entiendes ahora?        Jano meneó la cabeza entre sus manos, hasta estrujar su cara con las mismas.      –     Ufff Pitt. Parece complicado, aunque posiblemente sólo necesite digerirlo un poco. Veamos: Entiendo perfectamente lo que ya tenía asimilado de que el conjunto de las normas aplicadas al mismo tiempo dan como resultado el correcto arte del vuelo; pero da la impresión de que ésta última es realmente la imprescindible al decir que, para poder volar, sólo es necesario el aire. Es como eliminar las demás. Parece que aplicando esta última, las demás no tienen mucha consistencia.      –       En efecto. Eso es lo que parece. Es la impresión que puede dar. Te comprendo. Pero para poder entenderlo es imprescindible aplicar las demás normas, pues si no piensas que es así, si no lo crees, si no eres la causa de ello, o si piensas que no te lo mereces, el resentimiento abortará de alguna manera cualquier posibilidad de volar. Para ser Feliz es imprescindible hacerlo con, en y desde el Amor. Pensar en Amor. Creer en él. Causar Amor. Hacerse sabedor de merecérselo. Si el resentimiento aflora, no hay Amor, sino lastre. De esa manera se percibe que Todo es Amor, lo imprescindible para poder volar, pero todo en su conjunto es lo que hace que funcione.      Jano permaneció con la mirada fija, perdida. Rumiaba cada una de las palabras, Cada frase, cada entonación, cada gesto. Quería a toda costa entender, pero había algo que le impedía alcanzar tal cota. Tendría que continuar centrifugando toda aquella disertación. Sería cuestión de tiempo, y algo de práctica.      –      Venga. Déjalo – susurró Pitt. Sabía que había dado mucha información de golpe. Para dar esta clase la verdadera experta era Pal, lo hacía de forma muy sugerente –. Ya lo pillarás, ahora has de llevar el Starfighter a Nairda. Ponte en marcha, y procura estar de vuelta antes del anochecer con el VZ. ¿De acuerdo?      –        Sí, Pitt, sí. Será mejor hacerlo – contestaba atendiendo la sugerencia, al tiempo que se encaminaba hacia el exterior –. Quizá, durante el vuelo pueda encauzar este aluvión.      –     De camino comprobaremos si todo el resentimiento ha salido de dentro. Quiero que despegues y hagas dos tomas y despegues sin parar. Si no hay novedad, será la prueba de haber superado la quinta norma. Luego directo a Nairda. ¿OK?      Jano asintió con la cabeza, sumido todavía en el esfuerzo mental por cuadrar la enseñanza puesta a su disposición. No le pre-ocupaba en lo más mínimo el vuelo, sabía en su interior, con total certeza que no quedaba ni una mota de resentimiento alojada en su Ser. Ese era un huésped que no sería admitido de nuevo en su casa interior.      Instructor y alumno estaba junto al 104, cuando a lo lejos se apreciaba la aproximación, a baja cota, de una gigante y poderosa flecha. Siete Phantom marcaban una senda definida con el rastro dejado por la combustión negruzca producida por siete pares de motores revolucionados. Pasaron rampantes, veloces, estruendosos, vibrantes, desafiantes… a escasos metros de la cabaña. La envergadura de la formación cubría la extensión diametral de Ís.      –     ¿Quién manda esa formación? Pitt.      –   ¿Tú que crees? – respondió sin mirar, contemplando la evolución perfecta de aquellos siete pájaros metálicos.      ¿Cómo no habría caído en la cuenta? Pensó. No podía ser otra que ella.      Ascendieron en una vertiginosa escalada danzando en una espiral envolvente; inusitada. Nunca antes había contemplado tal maniobra. Los siete proyectiles subían haciendo que la formación girase sobre el eje del número uno, mientras que cada uno de los reactores lo hacía entorno al suyo propio: una punta de flecha que penetraba el cielo en forma de sacacorchos oscilante; un movimiento armónico ejecutado al milímetro; un ejercicio de acrobacia inigualable e impensable. Los chorros de humo negros dejaban un dibujo entrelazado a modo de maroma. El espectáculo seguía, el ascenso se mantenía, aunque para ellos prácticamente era imperceptible; ya estaban a demasiada altura para ser identificables. Un hilo negruzco señalaba un sendero perdido en las profundidades lejanas de la atmósfera violácea.      –     Bien Jano. Tu turno. No esperes más, el espectáculo ha concluido. Al 104.      La orden fue obedecida instantáneamente. Subió al reactor; abrochó los cinturones de seguridad; ajustó el casco y la mascarilla de oxígeno y arrancó sin dilación. El motor rugía con un estruendo aullador no percibido antes en su Ser. Los indicadores funcionaban perfectamente. Había solidez, equilibrio, sintonía, armonía. Ambos estaban unidos en Uno solo. Lo llevó hasta el inicio de la pista; lo centró; pisó frenos y puso gases al cien por cien. La proa negruzca apuntaba hacia el centro oscilando en un cabeceo suave. Las más de quince mil libras de empuje sueltas al galope tendido lo impulsaron en una vertiginosa carrera en la que la velocidad aumentaba excitantemente. En menos de doscientos metros, piloto y máquina, estaban recogiendo el tren de aterrizaje después de elevarse varios centímetros. Se mantuvieron acariciando la uno cuatro, a un par de metros de la misma, hasta que la desbordaron. La velocidad indicada era increíble: trescientos ochenta nudos e incrementándose. Giró y ascendió a estribor. La ejecución se realizó a la perfección. Luego realizó la primera toma sobre la pista de Ís, dejando correr su bólido trescientos metros. Al instante de acabar metió gases de nuevo encabritando al Starfighter, despegando sin parar en su inercia. La velocidad subía al mismo tiempo que ascendía, algo increíble para muchos aparatos. No obstante, entendía que con la potencia que ofrecía el reactor, y la aplicación de las normas de vuelo, todo era posible. Su pensamiento envolvía cada instante del vuelo. Gozaba de cada una de las percepciones emanadas y de las recibidas. Era el dueño de su vida; gobernaba con seguridad. Cumplió las órdenes dadas tras la segunda toma y marchó. Había pasado la prueba.      A doce mil pies y a ochocientos nudos, decidió parar. Aquello no era lo ordenado. Redujo gases al mínimo enderezando suavemente el reactor. Tendría que haberse dirigido en línea recta a Nairda, pero no pudo, no quiso contenerse. Necesitaba experimentar y experimentarse una vez limpio de todo lastre. Se sabía potente, congruente, decidido, seguro, aunque algo quedaba en la mente aullando sin poder solventarlo: “Todo es Amor”. Eso,seguía rondando las neuronas, recalentándolas.                    Estaba deseoso de llegar a destino. Voló recto, nivelado. Desde su posición el objetivo era perfectamente definible, pero el aviso de pérdida sonó indicando que la velocidad tan exigua produciría una posible barrena. Picó el morro, marcando un ángulo de cuarenta y cinco grados. La gravedad y el peso del avión harían el resto. Sin duda la velocidad se incrementaría con la pérdida de altura. Sabía que no debía sobrepasar los mil nudos para recuperar el control del avión. Su intención era aterrizar sin tener que volver a introducir la palanca de gases; con el motor al mínimo de revoluciones.      –    Torre de Nairda, aquí F-104 sobre la vertical, en descenso desde once mil quinientos, requiriendo permiso para realizar un simulacro de aterrizaje de emergencia.      –     F-104, aquí Nairda. Autorizado. Proceda. Le tenemos en pantalla. Squak 7944.      –     Entendido Squak 7944.            Introdujo el dígito en el aparato de localización. Ese número aparecería en la pantalla de radar del controlador de vuelo permitiéndole seguir su trayectoria.      El descenso se producía con rapidez. Tardaría no más de cinco minutos en rodar por el asfalto.     –    Líder Azul a Nairda. A diez millas y a cinco mil pies, descendiendo. Pista a la vista. Permiso aterrizaje en formación.      La voz de Pal sonaba segura, firme, decidida, directa e imperiosa.      –    F-104, posee un tráfico en final, es el número dos para aterrizaje. ¿Podrá seguir con la maniobra solicitada?      –   Nairda, aquí 104. Copiado. Puedo, pero entiendo que tengo preferencia, he sido el primero en notificar la posición – contestó buscando picar la situación.      –   F-104, aquí Nairda. Es el número dos – insistió la controladora con energía –. ¿Acaso no es capaz de ejecutar su maniobra? ¿Es un problema para usted?      Le habían dado en plena línea de flotación. Su orgullo mostraría que era capaz de eso y cualquier otra cosa. Rio para adentro contestando con benevolencia.      –     104 para Nairda. Número dos para aterrizaje, tras Líder Azul.          Recuperó el picado a seis mil pies. Velocidad setecientos veinte nudos. Mantuvo una espiral de descenso gradual para perder altura sin perder velocidad. Con cada giro podía comprobar la aproximación de la flecha que proyectaban los Phantom comandados por Pal. Al finalizar el séptimo aparato su aterrizaje, encauzó el picado tras las estelas dejadas en el aire por los F-4 a tres mil pies sobre ellos.      Continuó el descenso, no como lo tenía programado, pero manteniendo un margen adecuado de velocidad. Los Phantom, con escrupulosa sencillez, habían tocando pista en progresión; primero los dos últimos, el siete y el seis. Los mismos avisaban del contacto. Luego el cinco y el cuatro. Inmediatamente después, con perfección y sincronización, el tres y el dos. En último lugar, Líder Azul perfilaba dos espolvoreadas nubes azules tras el contacto de sus ruedas con el asfalto. Ninguno necesitó abrir paracaídas en la frenada. Fue realmente espectacular la evolución del grupo. Él jamás vio a un escuadrón volar con tal sublimación. Ni siquiera un ordenador programado podría realizar tal paridad. Estaba asombrado, pero no tanto como para olvidar su proceder. Quedaban dos millas para la uno seis izquierda. Los Phantom estaban dejando la pista libre. Quinientos nudos y descendiendo desde dos mil pies. Flaps fuera a treinta, se ordenaba, esperando a llegar a mil pies. Nairda se encontraba a seiscientos cuarenta y siete pies sobre la altura del mar; su margen, por tanto, sería pequeño. Las luces del tren de aterrizaje en posición se encendieron. Los indicadores del panel de control mostraban posiciones correctas. La velocidad disminuía tal como la tenía calculada…      Tocó tierra en el lugar proyectado. Dejó que las ruedas impactaran con suavidad sobre la señal numérica de la pista, ennegreciendo el blanco con el que estaba pintado. A cien nudos, recto y nivelado, terminó un aterrizaje de emergencia simulado perfectamente. Todo bajo control.      Abandonó la pista dirigiéndose hasta el hangar indicado. El número veinticuatro lo enfrentaba la formación de Phantom, ya colocados en línea y en oblicuo en un ángulo de cuarenta y cinco grados; fueron muy rápidos y eficaces en realizar tal maniobra. El interior con los portalones entreabiertos insinuaba inactividad. Llegando al veintitrés, un señalero salió a su encuentro indicando con un par de palas amarillas la evolución a ejecutar hasta estacionar el Starfighter en el lugar establecido entre otros dos modelos de su misma clase.        Concluidas las verificaciones finales y tras proceder al último chequeo, bajó por una cómoda escala que había sido adherida al fuselaje. Miró el reloj. Eran algo más de las cuatro y media. Tendría que darse prisa si quería estar de vuelta con la luz del día en Ís.        El hangar contiguo, al abrir sus compuertas, dejó contemplar un espléndido VZ en color azul cobalto idéntico al que, anteriormente, pilotó. Le sorprendió el hecho, pues aquel no era el lugar donde normalmente reposaban ese tipo de aparatos. No obstante, dejó su curiosidad para otro instante. Ahora tenía claro su objetivo.      Junto a los F-4, sus siete tripulantes mantenían una animada conversación. El cabello suelto de Pal, la hacía destacarse del resto. Algo nervioso continuó su rumbo sin quitar la mirada a su destino. Aquel pelo al viento inquietaba su serenidad y aplomo. Un revolotear interno de mil mariposas deambulaba en un cosquilleo incesante dentro de su estómago. Paró y mantuvo su posición a unos metros del grupo, esperando. No quería interrumpir, ni manifestar grosería alguna de nuevo con ella.  Posdata: En el artículo del día 1 de diciembre de 2020 (Rojo octubre, peligroso noviembre y brillante diciembre. III Parte) comuniqué que personalmente había recibido por psicografía una serie de técnicas y procesos para aplicar en psicoterapia, que solucionaba el 80% de los problemas psicológicos del ser humano. La explicación resumida de esta psicoterapia es que elimina el ego, te reconecta con tu alma (conecta la Particularidad con la Singularidad) y tienes control emocional, siendo feliz en tu vida actual; al mismo tiempo dije que lo había transferido a dos Almitas maravillosas (psicólogas) que os los podía ofrecer mediante terapia, obvio que, con remuneración, pues es su trabajo, y que además ellas lo harán, pues mis tiempos están contados, para seguir en esa labor. No se trata de dar una formación, sino de recibir terapia para quien lo necesite. Durante un tiempo os habéis puesto en contacto conmigo para luego realizar el contacto con ellas (Rosario y Yesenia), pero ahora ya podéis hacerlo de forma directa mediante su correo profesional:  terapia.psico2@gmail.com También podéis visitar su Web: http://www.psico2-internacional.es Para las actualizaciones de Todo Deéelij y preguntas sencillas: deeelij@gmail.com Nota a la posdata: si quieres recibir esta ayuda terapéutica, más vale que te comprometas contigo mismo, pues es exigente. Sólo apto para valientes y no timoratos. el cielo en la tierra===============================================

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