Sexta jornada

Memorias de un descarnado (21-29) Por Deéelij Posted: 12 Jul 2021 09:07 PM PDT 10.  El gran destructor.         “Más espanta el aparato de la muerte que la muerte misma”. Francis Bacon. Filósofo y estadista inglés. (1561-1626)          “No hay que tener miedo de la pobreza, ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte… de lo que hay que tener miedo es del propio miedo”. Epicteto. Filósofo grecolatino. (50 AC-135 AC)   Sexta jornada. 15:03 horas. Complejo aeronáutico de Nairda.      El amenizado almuerzo se extendió hasta las tres de la tarde. El pormenorizado relato, espontáneo, despreocupado, íntimo y extendido de Jano sobre los acontecimientos de la pasada noche, instaló en sus instructores la misma certeza que desprendían sus palabras. Pal apuntilló algunas notas breves que escapaban a la vehemencia y locuacidad expresiva de su interlocutor. Concretó detalles con pinceladas de humor restando algunos toques de severidad y seriedad a la exposición.      Fueron dos horas amenas e ilustrativas trascurridas con rapidez. Pitt, excelente escuchante, no perdió punta de cada elemento expresado. El alumno indicaba a todas luces una profunda confianza en sí mismo y en la enseñanza recibida. Había asumido cada uno de los seis pasos que le permitiría conquistar el resultado de su propósito vivencial. Hablaba de ellos con soltura y convicción, sabedor del poder adquirido, desarrollado y experimentado. Sus aseveraciones eran concluyentes. Los profundos y sólidos cimientos ponían de manifiesto la garantía perseguida: Jano no volvería a querer olvidar cómo participar con resolución en el juego de la existencia. No obstante, la experiencia había otorgado al Jefe de Instrucción la suficiente sabiduría y sensatez que impedía decretar como prueba válida y exclusiva, el portentoso discurso animado de un alumno al llegar a ese punto final. Todos debían someterse a una tesis dura, exigente, libre pero concluyente, que Jano pasaría sin excepción por el trámite que le pasaportaría al destino que quisiera confrontar.      –   ¿Podemos entonces graduar al alumno, Pal? – indagó Pitt al tiempo que ella se incorporaba ocultando algo entre sus manos tras la espalda.      –     Por mi parte doy por concluida la instrucción, aunque la última palabra la tienes tú. Lo que no quita que lo celebremos – concluyó exhibiendo una fría botella de champaña.     Con el estruendo del descorchar, que sólo se producía al concluir el curso de algún alumno, un aplauso generalizado acompañó al homenajeado marcando la tradición desconocida hasta el momento por Jano, quien contestó levantándose y agradeciendo, con gestos expresivos y cierto rubor, los vítores y las felicitaciones recibidas.     Tras la segunda copa del espumoso, el ex alumno percibió un pensamiento que al principio de su aterrizaje forzoso perduró insistente, y que con el curso de los días se diluyó sin pesar. Ahora, aquél se manifestaba en forma de duda.      –     Pitt – decía sin el entusiasmo mostrado hasta hacía unos momentos –. ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora que la formación ha terminado?      Pitt y Pal rieron ante la típica cuestión que siempre era planteaba llegada las circunstancias. Nadie fallaba. Los sentimientos de no pertenecer al lugar donde estaba era la manifestación que descargaba la pregunta, al parecer, tan trascendental.      –    A eso contestaré en otro momento – pronunció cariñosamente el jefe –. Entiendo el impulso que ha movido esa cuestión. No dejes que eso te pueda hacer sentir triste. Todo llega en su momento – continuó reclamando su atención dispersa en sus sentimientos – Ahora tienes que realizar dos cosas: Una, y no por este orden, el proyecto que te encargué sobre Ís. Me apetece mucho verlo totalmente acondicionado y en perfecto estado para disponerlo como aeródromo alternativo de primer orden. Lo segundo, y lo realmente acuciante por decirlo de un modo plástico, es una demostración a modo de tesis final en base a la formación adquirida. Tendrás que realizar algo, lo que quieras, lo que desees o imagines, para verificar tu nueva realidad, todo ese poder del que te sientes seguro de poseer, utilizar y dominar. Tómate el tiempo que necesites, no hay prisas; pero tendrás que desafiar los límites que creas pueden contenerte haciendo algo que consideres que no eres capaz de sobrepasar o alcanzar. Desafíate aplicando las normas de vuelo. Si lo consigues, habrás atesorado el dominio absoluto sobre las mismas, o lo que es lo mismo, sobre ti. Ya no habrá dudas en su uso. Serás y harás cualquier propósito que te propongas.      La propuesta mostraba claramente que tendría que traspasar lo finito, romper ataduras, liberarse de cualquier posible ligazón. No tuvo que pensar en nada extraordinario. Desde que le mostraron el motor de quince mil libras que trasportaba el F-104, un desafío se estableció en su mente. La discusión con cualquier otro bosquejo se tornaba inaceptable. Este sí que era un proyecto que rompería todas las barreras que imaginó para sí.      –     Sé lo que quiero hacer Pitt ¿Tenemos algún Starfigther acondicionado con un motor que sea capaz de desarrollar treinta mil libras de empuje?      –    ¡Ufff, eso es apuntar alto! Pero si consideras que ello es posible, seguro que lo encontrarás.      –    ¿En qué hangar se aloja esa joya? – indagó con seguridad.      –   En el cuarenta y cuatro – contestó con su acostumbrada y amplia sonrisa ante su impetuosa certeza – Pal, ¿puedes acompañarle si no tienes clases que dar? Jano necesitará algunas instrucciones previas para manejar acertadamente ese cohete.      –     Por cierto, Jano – reclamaba Pitt al tiempo que la pareja iniciaba la partida – ¿Sabes qué es lo que en realidad permitió que pudieras entrar anoche en aquella tormenta, sondearla y salir de la misma sin el menor rasguño?              Quedó pensativo. La cuestión le apabulló. No supo qué responder. Sus ojos casi cerrados, y su frente apretada, demostraban el desconcierto que le sobrecogía.      –     Fue la verdad, Jano. La verdad.Fue la franqueza y honradez contigo mismo al resolver sinceramente, con tu interior, reconociendo que la tormenta no era el fruto de tus acciones. Fuiste sincero. Si te hubieras engañado en tus indagaciones, el resultado hubiese sido diametralmente distinto – decía erigiendo contundencia en su tono – Tenlo en cuenta, y postula tus acciones siempre desde la verdad en el Amor. Hazlo y no correrás riesgos. ¿De acuerdo?      –    Lo haré Pitt, lo haré. Gracias – concluyó al tiempo que el Jefe de instructores contemplaba la partida de un piloto meditativo tras sus palabras en pos de los pasos de Pal.      Sexta jornada. 17:01 horas. Espacio aéreo de Nairda. Estaba cayendo a gran velocidad, respirando lentamente el medio litro de oxigeno que le quedaba. Tendría que soportar el descenso hasta los diez mil pies con esa escasa cantidad de sustancia, de lo contrario se asfixiaría. A lo lejos comprobaba como su maravilloso Starfighter, sin control irremisible, derivaba inciertamente, contra un destino aplastante. Al tocar tierra se destrozaría. Una máquina tan bella destruida por su culpa. Atraído por la gravedad que provocaba una aceleración continua, pensó en el problema del paracaídas. ¿Aguantarían las cuerdas en la apertura? ¿Cómo respondería su cuerpo ante el frenado de la campana abriéndose a más de trescientos kilómetros por hora? En su trayectoria se encontraba una nube esponjosa. Primero parecía pequeña, pero a medida que avanzaba se hacía gigantesca. Casi sin previo aviso visual, sin que sus sentidos pudieran percatarse de la disminución en la distancia, su cuerpo penetró en aquel lecho extinguiéndose cualquier posible calibración visual. El pánico se apoderaba en esas circunstancias más aún de sí mismo. Sintió que no llegaba el elixir que le mantenía con vida. ¿Estaría taponada la mascarilla? Es posible que a esa altura su saliva se hubiese congelado en el interior del conducto impidiendo la transmisión correcta del oxígeno a sus pulmones. Se ahogaba. Soltó la máscara buscando que a esa altitud hubiera el suficiente elemento vital como para que le permitiera llevar vida a sus células agonizantes. No salía de la nube, debía ser enorme. No encontró en su aspiración la suficiente base elemental para su oxigenación. Aquello estaba concluyendo. Un solo error y pagaría de nuevo con su vida. ¿Por qué tendría que subir tan alto con el reactor? Sabía que no podría conseguirlo, pero su orgullo desmedido le impulso a realizar una bravata procurando llamar la atención de Pal; quería impresionarla demostrando todo lo aprendido. Y desde luego que lo había hecho con su estupidez. Más sería el espanto cuando recogieran lo que quedara de él al estamparse contra el suelo si no alcanzaba a respirar algo de oxígeno. Y si lo hacía, ¿qué? A posteriori estaría el problema del paracaídas. No estaba seguro de que funcionase. Quizá, a tal velocidad el correaje seccionaría sus piernas. ¡Qué estúpido! Parecía mentira, después de todo ese tiempo aprendiendo a volar, no había asimilado las cuestiones más básicas. Tendría que volver a empezar, posiblemente en otra dimensión, pero tendría que aprender a pensar, hablar y a caminar. Era lo que se merecía, por imbécil. Salía de la nube casi sin consciencia, pero agitándose queriendo, en ese gesto, encontrar algo conque poder respirar…      Décima jornada. 06:03 horas. Complejo aeronáutico de Nairda      Despertó. Percibía una cascada de achaques en su entumecido cuerpo. Descartó la posibilidad de algún movimiento; la prudencia aconsejaba quietud. Su entorno mostraba las señales evidentes de un recinto hospitalario: Dos sillas y un gran sillón junto a otra cama perfectamente hecha y limpia al igual que el resto de la habitación, ofrecían silencio y cierto vacío. Llevó con cuidado sus manos hasta el cuello, siempre, su principal obsesión. Lo movió sin encontrar dolor. Un reguero de tranquilidad amansó su inquietud. Palpó el resto de su constitución. El escrutinio concluyó con un escozor en la zona inguinal. Mover las extremidades inferiores fue posible con cierta sobredosis extrema y adicional de esfuerzo. Supuso que caminar o sostenerse sobre las mismas sería el único inconveniente.    Intentó recapitular los momentos anteriores a la pérdida de consciencia sin encontrar nada más que la oscuridad clara que muestra el interior de una nube. El resto del vuelo estaba grabado a la perfección: un vuelo fulminante y arriesgado, intrépido y desafiante, pero roto y truncado; la entrada en barrena plana; la incapacidad de restablecer el control del aparato; su salto de emergencia; un descenso en caída libre procurando no agotar el oxígeno de emergencia; la entrada en una nube… Ahí terminaban los archivos extraídos a la memoria. Cualquier otro registro era negado pese a su continuado repaso. Cómo habría llegado hasta esa cama, constituía una incógnita que acuciaba ser resuelta.        La certeza por saberse valedor de sus cualidades físicas, produjo el súbito esfuerzo de incorporarse. Logró sentarse. Los pies estaban desnudos, y uno a uno pudo desplazarlos hasta tocar el frío suelo gracias al agarre de sus manos; una vez erguido sus fuerzas no percibieron la imposibilidad de sostener su cuerpo con firmeza. Cayó.      Décimo cuarta jornada. 10:08 horas. Complejo aeronáutico de Nairda      Sentía un dolor penetrante en la cabeza. Palpó. Un vendaje le cubría la parte derecha. Abrió los ojos de par en par, asustado. Pal fue su primera visión sentada en el borde de la cama contigua.      –    No se te ocurra volver a levantarte –, ordenó con premura, incorporándose para impedir la acción preventiva y dispuesta del enfermo. Te has podido hacer más daño al caer a un metro del suelo, que lo que mostraba tu cuerpo cuando te recogimos después de un salto a más de catorce mil pies.      –     ¿Qué ha pasado Pal? ¿Por qué estoy aquí? – indagó quejumbrosamente al tiempo que ella le ayudaba a volver a su posición de tumbado acompañando el movimiento con gestos agradables, suaves, cariñosos.      –      No te pre-ocupes, ya te lo contaré. Ahora debes descansar. Al menos tienes para tres días según el médico. Descansa. Estás muy fatigado. El salto, y éste incidente, te han mermado momentáneamente; pero saldrás de esto. Tenlo por seguro.      –   Pal, dime qué ocurrió, por favor; no recuerdo nada. Estoy algo confuso – dijo verazmente, pues en ese instante su memoria no contenía recuerdos explicativos para tal situación.      La que había dejado de ser su instructora, al concluir el aprendizaje, explicó con detalles los sucesos. Contó cómo pretendió, con el Starfighter, ascender por encima del nivel máximo de la atmósfera del mundo que le albergaba: Llegó a rozar los cuatrocientos mil pies; el límite estaba a los quinientos mil, pero el motor paró por falta de aire para la combustión. Los registros fueron anotados desde tierra gracias al transmisor que el avión tenía incorporado. Su vuelo fue seguido con atención, dada las características del mismo. Era la prueba final de todo alumno tras el aprendizaje, justo el momento en que todos los sentidos de sus instructores se agudizaban con mayor expectación. Pasar o quedarse anclado en ella, suponía el reto final. Superada, el alumno era nombrado definitivamente apto para el vuelo, su formación había concluido satisfactoriamente. Pero Jano sucumbió, no perdió. No pudo traspasar la meta propuesta. Una parada del motor fulminante con entrada en barrena plana, era prácticamente imposible de recuperar en circunstancias tan notorias como aquellas. Después, el salto desesperado y un descenso sin apertura hasta los diez mil. Posteriormente, una caída amortiguada por el paracaídas hasta su impacto contra el suelo, donde lo encontraron inconsciente. Del avión… ni rastro. Desapareció de la pantalla del radar a poco menos de cuatro mil pies del terreno, justo al mismo instante en que su paracaídas se abría gracias al dispositivo automático que llevaba incorporado.      Pitt, aún, andaba desconcertado por el hecho, nunca antes un aparato había desaparecido; además era un prototipo excepcional. Dieron batidas terrestres y aéreas en buscas de los restos, infructuosamente. Incluso seguían haciéndolo después de una semana, los recién estrenados instructores de vuelo, aquellos que Pal acababa de formar. El optimismo por localizar el lugar del impacto disminuía a medida que pasaban los días.        –     ¿Una semana llevo inconsciente?  – indagó asombrado.      Pal lo confirmó con un gesto sin añadir que era algo más y prosiguió con el relato de los hechos. Jano había sido localizado gracias al trasmisor que el kit de supervivencia llevaba incorporado en el equipo de vuelo. Estaba en medio de un vado, cubierto de agua de cintura para abajo. Pudo ahogarse si no hubiese sido porque su paracaídas se enganchó en unas rocas cercanas al riachuelo. De lo contrario, podría haber sido arrastrado por la corriente y engullido por la misma.       Hubiera resultado curioso un nuevo perecer por ahogo tras un salto desde tan impresionante altura. Ante estas consideraciones, el desvalido esgrimió su primera sonrisa a duras penas. Las fuerzas eran ínfimas. Notaba un agotamiento inmensamente superior al experimentado al de su llegada a Nairda. No podía entenderlo. Pero para ello tenía a Pal, que sumisa y candorosa cedió a describir el porqué de su estado.      Fue debido a la acción de frenado en la apertura del paracaídas. Él debió caer con una aceleración excesiva. Posiblemente perdió el conocimiento, en el momento de la apertura. Los arneses de los anclajes se ciñeron contra su zona inguinal provocando un desgarro en la piel y derrames superficiales como consecuencia. Toda su musculatura en la zona pélvica y glútea, estaba afectada, lógicamente, al soportar un frenado tan brutal. Posteriormente los anclajes de la zona pulmonar debieron afectar al riego sanguíneo y a la correcta respiración, además del frio en aquellas alturas. Cuando los servicios sanitarios lo rescataron tenía las constantes muy bajas, y tuvo que recibir masaje cardíaco. Permaneció asistido de oxigeno con una mascarilla hasta la llegada a Nairda a bordo de un helicóptero Huey UH-1. Las primeras cuarenta y ocho horas fueron críticas; luego las constantes se estabilizaron. Al cuarto día, y tras una pausa sin atención de media hora, pues se le vigilaba continuamente, se le encontró en el suelo algo ensangrentado, con una contusión en la parte occipital derecha, declaró el doctor al evaluar una radiografía que no mostraba daños internos, sino sólo una pequeña cicatriz sangrante; no obstante, recomendó descanso y observación durante otras cuarenta y ocho horas. Tras ello, todo su organismo parecía responder adecuadamente; quedaba recuperar fuerzas y ánimos. Concluida la exposición de los hechos, Jano se mantenía desconcertado, aturdido y apesadumbrado. El lamentable descalabro incidía en su orgullo con mayor proporción que las quejas ofrecidas por su cuerpo, añadiendo al mismo otro gran pesar: no sólo el destrozo del avión, sino al parecer, su desaparición.      –    Pal – masculló Jano levemente –, en realidad, ¿qué es lo que ha pasado? Presiento que hay un gran trasfondo que no percibo.      –     Es fácil describirlo. Tendrás que afrontar que en realidad esto es tu escollo, el tan traído problema por el cual llegaste. Se deduce porque, si una vez que finalizaste tu instrucción con buenas calificaciones no superaste el vuelo post graduado, la evidencia es manifiesta. No pudiste concluir el vuelo, por tanto, has tropezado con tu gran conflicto – Pal le paró con una indicación de sus manos; sabía lo que iba a preguntar –. ¿Qué cuál es tu escollo? Sencillo. Pienso que tú, mejor que nadie, debes saberlo. Examina los momentos del vuelo que puedas recordar, seguro que alcanzarás a encontrar las circunstancias que condujeron al desenlace en el que te encuentras – dijo pausadamente –. Tómate tu tiempo, que lo tienes. Al menos tres días más debes permanecer en reposo. Podremos acotarlo, examinarlo, solventar, paliar y enderezar; de esa manera, juntos, te ayudaremos a superar las dificultades que desfilen y te anclen. ¿Te parece?      –   Como veas… pero necesito descansar, quiero dormir. ¿Estarás aquí cuando despierte?      –   Dalo por hecho Piloto. No te voy a dejar ni a sol ni a sombra hasta que termines de despegar y sepas volar sin alas – respondió, con primor, estampando un beso en su frente.           Los párpados cayeron inmediatamente. Estaba exhausto. Posdata: En el artículo del día 1 de diciembre (Rojo octubre, peligroso noviembre y brillante diciembre. III Parte) comuniqué que personalmente había recibido por psicografía una serie de técnicas y procesos para aplicar en psicoterapia, que solucionaba el 80% de los problemas psicológicos del ser humano. La explicación resumida de esta psicoterapia es que elimina el ego, te reconecta con tu alma (conecta la Particularidad con la Singularidad) y tienes control emocional, siendo feliz en tu vida actual; al mismo tiempo dije que lo había transferido a dos Almitas maravillosas (psicólogas) que os los podía ofrecer mediante terapia, obvio que, con remuneración, pues es su trabajo, y que además ellas lo harán, pues mis tiempos están contados, para seguir en esa labor. No se trata de dar una formación, sino de recibir terapia para quien lo necesite. Durante un tiempo os habéis puesto en contacto conmigo para luego realizar el contacto con ellas (Rosario y Yesenia), pero ahora ya podéis hacerlo de forma directa mediante su correo profesional:  terapia.psico2@gmail.com También podéis visitar su Web: http://www.psico2-internacional.es   Para las actualizaciones de Todo Deéelij y preguntas sencillas: deeelij@gmail.com =================el cielo en la tierra==============================

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.