Memorias de un descarnado (24-29) Por Deéelij

Memorias de un descarnado (24-29) Por Deéelij Posted: 02 Aug 2021 11:10 PM PDT         Al finalizar, sus ojos estaban inundados por lágrimas vivas, duras y compungidas. El cambio de una experiencia a otra constituía un abismo; de un depredador sin piedad, a un ser benévolo, complaciente, generoso y entregado. Los polos opuestos de todo lo imaginable. ¿Qué consecuencias podía deducir?       Veintidós páginas contaron la escasa historia, criticó internamente, para detallar una vida llena de posibilidades en un ambiente de paz, destrozada por unos dominadores carentes de toda moralidad y ética.        Decidió continuar. Quería comprobar con vértigo inusitado el siguiente capítulo. Tenía que desentrañar el mensaje necesario para reparar sus problemas. Pese a su momentánea tristeza, se lanzó a la caza del siguiente personaje encarnado: Zenko.        Nuevamente encontró una descripción de alguien alto y muy fuerte de piel negra, muy negra y brillante. ¿Otra vez de piel oscura?, se preguntó.La curiosidad le pudo examinando el total de las páginas de ese relato; sólo quince. Parecía que cada vez vivía menos en cada reencarnación. Ello podría aportar algún dato. Lo anotó. La misma indagación realizó con la descripción del capítulo contiguo. ¡Sorpresa! Ahora las páginas aumentaban a veintiocho. Comprobó el resto, unos más, otros menos. A priori no podía establecerse una comparativa. Ninguna lógica aparente. Desistió del inicial intento continuando la lectura. Ø  “Zenko fue una vida llena de valor, coraje, vigor y honor. Perteneció a una tribu que vivía cercana a la costa, la cual subsistía de la pesca abundante entregada por un mar apacible y soleado. El resto de la dieta la obtenían del fruto que los numerosos árboles de todo tipo ofrecían sin cesar. Fue uno de los más destacados sin ser nunca jefe, pero su buen hacer infundía gran respeto. Su inteligencia aportaba técnicas que permitían obtener los alimentos de forma más fácil, ahorrando tiempo que era dedicado a la diversión y el cuidado de la familia, los hijos y el grupo del que formaba parte. En apariencia fue una experiencia exquisita, sin altercados notorios, en un lugar donde las decisiones se tomaban en consenso, procurando el mayor beneficio posible para el mejor desarrollo y bienestar; una bonanza interrumpida por otra invasión, no para conquistar o dominar, sino para raptar y esclavizar. Llegaron hombres que desembarcaron de grandes navíos, barcos cien veces mayores que los que ellos jamás imaginaron construir. Su objetivo fue capturar el mayor número de personas. Saquearon sus casas, violentando todo lo que encontraron a su paso. Como no estaban preparados para la lucha y el combate, no supieron defenderse del hostigamiento recibido. Todo se produjo en un abrir y cerrar de ojos. Sangre y llantos se esparcieron por lo que dejó de ser un punto de serenidad y felicidad. Finalmente fue encadenado por los pies en la bodega de uno de aquellos gigantes buques de madera, y obligado a remar a golpe de tambor. Un látigo castigaba al que no mantuviera el ritmo. Aquello constituyó algo contra lo que no pudo ni quiso luchar. No estaba preparado. Todos sus propósitos estaban perdidos, se esfumaron. Rápido en la toma de decisiones, en un descuido de uno de los guardianes soltó el remo, lo asió por los pies tumbándolo en el suelo. La trifulca duró segundos. Se apoderó de un corto puñal, que envainado permanecía sujeto a la cintura del uniforme del castigador, hundiéndoselo en su propio vientre. Murió en una agonía lenta y dolorosa mientras se desangraba”.        ¿Se suicidó? Fue la gran cuestión que le asaltó. El debate se sembró en su pesar. No encontraba consuelo. ¿Por qué? ¿Por qué? Indagaba con fluidez. Él hubiera luchado por recuperar la libertad, por volver al hogar, por restablecer la destrozada comunidad. Hubiera dado muerte a los captores. Habría hecho justicia ante la ignominia; sin embargo, se rindió. De nuevo otra vida iniciada en felicidad, torcida por la vehemencia implacable de seres dominantes, sin escrúpulos.         –     Buenas tardes, hora del almuerzo – anunciaba Nunsi entrando con una bandeja isotérmica –. Bien, Jano, tienes que comer y reponer fuerzas. Hay un excelente estofado de primero, espinacas a la crema de segundo, y de postre un mus de chocolate con naranjas que te hará degustar una de las mejores delicias de nuestro chef.                 Jano no articuló palabra. Aún estaba sumido en su desasosiego. Cariacontecido, se dejó hacer. Nunsi dispuso la mesa. Le ayudó en el desplazamiento y permaneció a su lado animándole en una fluida conversación mientras engullía sin apenas masticar. Ella percibió lo que podría estar sucediéndole. No era ninguna novata. Conocía perfectamente el paso por el que danzaba su existir en aquellos instantes. Ella, al igual que el resto de los miembros de Nairda, pasó en su momento por lo mismo. El entendimiento constituía una de las principales bazas para el perfecto desarrollo de su labor sanitaria. Con su palabrería nada vana, fue sacando al piloto de la introversión que le mantenía aislado de su antigua realidad. Llegado el postre, Jano recuperaba el tono emocional. Aquella delicia le hizo reaccionar en mayor medida que la conversación animada en forma de monólogo de su interlocutora.      –     ¿Podría tomar un café, o se ha prescrito lo contrario?      –    Nada de eso. Puedes comer cuanto quieras. Todas tus constantes están en perfecto estado. Pide lo que quieras, se te dará sin problemas. ¿Te has quedado con hambre?      –    No, en absoluto. Gracias. Estoy repleto. Todo estaba muy rico y bien condimentado, pero tengo la costumbre de concluir con un buen sorbo de ese líquido negro, bien caliente.      –     Pues ahora mismo te lo traeré. ¿Sólo, con leche, azúcar?      –     Sólo. Dos de azúcar. Gracias.      Solícita marchó en busca del encargo. Mientras, Jano, desplazó con prudencia su cuerpo hasta el sillón. No tuvo tiempo suficiente. El café y Nunsi estaban de vuelta encarando su acción.      –    No deberías haberlo hecho. Es mejor que me avises para moverte. Nadie, y tú menos, debería querer volver a ver cómo sufres un nuevo resbalón. ¿Me avisarás la próxima vez? – encaró con dulzura.      –      Lo haré. Sólo quería demostrarme que podía hacerlo, pero obedeceré, lo prometo.      Tomó el café con avidez. Quería continuar. Su cuerpo reclamaba una pequeña siesta. Pero la mente, inquieta, ordenaba seguir perfilando. Lo que todavía le costaba creer, es que ese fuera su pasado.      –     Bien Jano. Aquí te dejo este mando – sacado de uno de los cajones de la mesita de noche –, así no tendrás que levantarte para pulsar el botón ámbar. ¿Lo usarás si me necesitas?      –     Dalo por hecho. Gracias Nunsi.      La puerta se cerró dejándole dispuesto para recobrar su acción. Ø  “Gonzalo de Courcuviongfue una especie de guerrero que luchaba en nombre de su dios; un género de sacerdote militarizado. La orden religiosa a la que pertenecía tenía la extraña misión de luchar contra  una civilización catalogada de infiel que realizaba exactamente lo mismo, salvo que su dios, al parecer, respondía a otro nombre. La incongruencia de esa vivencia no tenía el más mínimo sentido, a su entender: Miles de seres batiéndose a muerte porque sus dioses reclamaban la misma parcela de terreno, bajo promesas de gloria para ambos bandos si caían en pos de la victoria y aniquilación del enemigo feroz. Ambas facciones creían estar en posesión de la verdad, y por ella sacrificaban todo. El ambiente de continuos conflictos y saqueos, impregnados de derramamientos de sangre cruentos, llenaban una y otra página. Unas veces ganaban; otras salían vapuleados. Las pérdidas de vidas eran terroríficas. El dolor, el odio y el rencor suponían la simiente sobre la que supuestamente tendrían que crecer las respectivas civilizaciones en sus denodados empujes hacia la autodestrucción. No parecía que ninguno de los dos ejércitos ganase el conflicto que duraba demasiados años. Todo era un absurdo. Cada mañana se levantaba realizando una serie de plegarias, implorando protección, subía a su caballo, entraba en formación con los suyos y se disponían a la refriega. Su espada partía en dos a los enemigos que osaban desafiarle. Con la puesta de sol, regresaban a sus respectivas líneas, reponían fuerzas, dormían y vuelta a la rutina con un nuevo amanecer. Todo parecía tremendamente monótono y agotador, hasta que un día pudieron romper por los flancos al adversario, los acorralaron embolsándolos y capturándolos, para posteriormente, realizar el intercambio de prisioneros. Fue una gran victoria. En aquella ocasión su escuadrón fue destacado con urgencia a la toma de un recinto religioso en terreno contrario, el cual estaba cercano y constituía un punto de estrategia vital para el avance de las tropas. El susodicho edificio se encontraba en lo alto de una elevada cima. Al galope tendido, forzando el aliento de sus monturas, subieron sin encontrar resistencias. Una vez en las inmediaciones descabalgaron, y con prudencia y a pie, espada en mano, avanzaron escrutando posibles moradores. La penetración fue tranquila, en silencio. El lugar parecía desierto. Gonzalo de Courcuviong avanzó por uno de los flancos obedeciendo la orden dada. Luego subió una escalinata de pocos peldaños que desembocaba en un largo pasillo cimentado de piedras, bajo el amparo de una techumbre sostenida por arcos de medio punto. Estaba oscuro. La luz solar estaba despidiéndose. Llegó hasta lo que parecía un portón lateral al que se accedía tras bajar dos escalones. Una figura se perfiló en la penumbra. La voz de una mujer asustada se asomó mostrando su rostro cubierto por un velo: reclamaba piedad, quería seguir viva. Él nunca había matado fémina alguna, así que, bajó su espada sujeta por su mano izquierda apoyando la punta sobre el tosco y áspero suelo, dando a entender la intención de no hacer daño alguno con su gesto. Ofreció su derecha para sacar aquella alma asustadiza del lugar y ponerla a refugio, pero no tuvo tiempo para defenderse. Alguien por la espalda clavaba sin piedad ni consuelo, con absoluto desprecio junto a un aullido ensordecedor, una daga que penetró sin obstáculos hasta su corazón. Cayó sobre sus rodillas sin poder ver a su agresor. Murió. Lo hizo sin encontrar las maravillas prometidas. Murió como vivió, sin sentido aparente”.        El sueño anteriormente reclamado había desaparecido ante tal espectáculo. Saber más de sí, era el único objetivo a las cuatro y cuarenta y uno de la tarde, además de procurar ingerir un nuevo café.      –    Se ha encendido la luz ámbar en el avisador de enfermería – llegaba la voz de Nunsi a través del intercomunicador – ¿Ocurre algo Jano?      –   Sí Nunsi. Quería, si es posible, otro café.      –   ¿Con algunas pastas?      –   No es mala idea, gracias.      –   Está hecho. Enseguida lo tendrás.      Nicola D´angelo constituyó todo un pasmo que hizo olvidar al monje combativo. En esta ocasión, él fue una mujer. ¿Una mujer? La sorpresa hechizó sus ojos. Devoró las dieciocho exiguas páginas de una vida corta, muy corta. Ø  “Fue la hija de una madre soltera, algo tremendamente mal catalogado en la época en que se encuadraba la historia. Una moralidad hipócrita reinaba como ley absoluta sobre cualquier otra existente. Con su nacimiento, se extinguía la vida de su progenitora a la que nunca conocería. Fue recogida y criada en un hospicio sucio, denigrante y humillante. Allí fue sometida a toda clase de trabajos. La vida paupérrima apenas albergaba posibilidad de subsistencia. Hasta los catorce años estuvo recluida en aquel edificio rodeado por altos muros. La supervivencia era el fin perseguido a toda costa, pero ella fue de las pocas elegidas para que aprendiera a escribir y leer, un lujo que pocos podían alcanzar. Ello fue lo que le hizo saberse superior a las demás. El conocimiento recabado por la lectura de varios libros, abrieron su entendimiento. Tenía que salir de aquel lugar de alguna manera. Ese fue su objetivo, al contrario que el resto de sus compañeros, que sólo querían seguir trabajando para poder recibir algo de alimento en medio de aquellas grandes penurias y tristezas. Ideó un plan que no lo comentó con nadie. Sabía que podría ser traicionada por un simple trozo de pan de maíz duro y negro. Pudo esconderse en la carreta de uno de los proveedores. Una vez que calculó que estaba fuera del hospicio, saltó sin que pudieran percibirla y corrió por las callejuelas sin mirar atrás. Lo hizo durante más de treinta minutos, hasta que se sintió segura. Robó unas manzanas de un puesto callejero. El hurto no fue percibido. Luego siguió caminando hasta encontrarse en las inmediaciones del puerto. Sabía lo que era gracias a sus lecturas. Veía por primera vez el mar, algo sin duda maravilloso que le atrapó de inmediato. Deambuló por el muelle hasta que escuchó como alguien a gritos anunciaba la necesidad de tripulación para un buque que zarparía al día siguiente antes del amanecer, con la marea alta…”        –  Aquí tienes el café y las pasta. Disfrútalo – comentaba Nunsi interrumpiendo la asombrosa vivencia.       –    Gracias – contestó Jano devolviendo la mirada, al tiempo que deseaba quedarse de nuevo en su soledad iluminadora.      –     De nada. ¿Necesitas alguna otra cosa?      –     No, de veras.      –   Perfecto. Entonces te dejo si todo está bien – concluyó recogiendo la otra taza de café vacía. Salió como entró, en silencio, sin perturbar la tranquilidad del paciente. Ø  “…Nicola fue admitida como grumete. Era habitual aceptar chavales como tripulantes en ese período desaforado, duro y pérfido. El contramaestre no percibió que era una chica, de lo contrario no hubiese sido admitida. Su aspecto desaliñado y su tez maltratada ocultaban las facciones de mujer, al igual que su amplio gabán impedía ver la prominencia de sus pechos. Inmediatamente se le puso a fregar la cubierta, recoger cabos y ordenar la bodega con las provisiones que se cargaban. La cena fue abundante por primera vez en su vida. Durmió plácidamente en un colgante jergón caliente hasta el momento de la partida. A las tres de la mañana, El Orfeón, el barco que le conducía a la libertad soltaba amarras. A la salida de la bocana del puerto le fue ordenado subir a lo alto del palo mayor; actuaría de vigía, avisando de la proximidad de cualquier otro artefacto flotante que pudiera acercarse de forma peligrosa. Aquellas aguas estaban, últimamente, rondadas por piratas. Le dieron las indicaciones pertinentes, de forma muy tajante. Explicaron las voces que debería dar, y el castigo que recibiría si se dormía o no hacía correctamente su trabajo. Escalar por los cordajes era algo nada apetecible; pero a ella le pareció algo novedoso y excitante.  Desde allí la perspectiva era magnífica. Pudo comparecer para dar testimonio del más bello amanecer, el primero que sus ojos le permitieron percibir con nitidez. Todo era por primera vez maravilloso y bello: buena cama y comida, un trato exigente, pero no maltratador, y el descubrimiento de un nuevo existir. Tres horas y media después, el viento soplaba con fuerza. Desde su posición el oscilar del puesto que ocupaba era vertiginoso. Danzaba de un lado para otro intentando otear el horizonte. Se mantenía aferrada a la barandilla de madera con todas sus fuerzas procurando realizar correctamente su trabajo. Su estómago iniciaba una maniobra para ella desconocida. Su vientre se descompuso. El vómito fue la consecuencia consiguiente que produjo perdiera el agarre y saliera precipitada al vacío. Su destino: el puente de mando. La fractura de su cervical fue el fin de la iniciada libertad. La felicidad inundó sus últimas horas. Al menos, concluyó disfrutando de cierta paz”.          Jano engulló, sin apenas masticar, las últimas pastas ayudadas por un largo buche de café. Dejó el libro sobre la cama realizando algunas anotaciones en el bloc. Llevaba cinco tránsitos a cada cual más escabroso. ¿Por qué ocurrió todo aquello? ¿Quién le mandó meterse en tales fregados? Eran cuestiones que no alcanzaba a resolver. Parecía no haber concatenación posible. Cada relato era descriptiblemente distinto. ¿Qué podía enlazarlos? ¿Existía un punto común? Nada, por más que pensó, indicaba algo que pudiera ofrecer una luz, un apoyo desde el que perfilar la propuesta de Pitt.       Aún quedaba más de la mitad por leer. Quería terminar cuanto antes con aquello. La curiosidad, defecto o virtud que no estaba entre sus cualidades, se manifestaba fervientemente impulsando a la continuidad de los acontecimientos escritos. Al comienzo del nuevo relato, cierto sosiego amainó la inquietud. Ø  “Esta vez Richard Moore era el hijo de una familia pudiente, rica, exquisita y noble. Poseería, al fallecimiento de su padre y como hijo mayor, el título que el mismo ostentaba. Su familia, desde hacia muchas generaciones, se sentía orgullosa de portar el emblema de los Duques de Moore. Fue educado con finura y elegancia. Rodeado de los mejores profesores, aprendió varios idiomas, además de notables conocimientos de filosofía, matemáticas, física y astronomía. Llevaba una vida cómoda a la vez que insípida. Todo lo tenía, y nada le complacía. El vacío de su vida parecía ser su enarbolada bandera. Como primogénito, ingresó en el ejército alcanzando, como correspondía a su rango, el perfil de un joven oficial que marchaba a la conquista de territorios para engrandecer el imperio del país al que pertenecía. Embarcó en un largo viaje de varios meses cuando tenía recién cumplidos los veinte años, y formó parte de la plana mayor de mando del Gran Mariscal de Campo que dirigiría la conquista de unas islas remotas. Cortés y disciplinado, pero con pocas dosis de valentía y bravura, agradeció no tener que entrar en ningún instante en combate, limitándose a transmitir las órdenes que le eran dadas. Sólo estuvo en el campo de batalla tras el término de la refriega, acompañando, sobre su montura, al Estado Mayor en las inspecciones rutinarias que acostumbraban a realizar. Contemplar los cuerpos retorcidos y ensangrentados no fue un espectáculo digno, le repugnaba, pero más que por el horror del mismo, por el miedo que sentía ante el temor de poder verse inmerso alguna vez en una situación similar. Nunca desenvainó el sable, ni su casaca se manchó más que del polvo o el barro levantado por los cascos de los caballos. Sí tenía, sin embargo, una gran virtud. Era fiel al mando al que servía, leal y sincero, cuestiones nobles incrustadas desde su infancia las cuales le acarrearían lo que más temía: la muerte. Cierto número de altos oficiales no estaban de acuerdo con la manera de combatir del Mariscal. Éste, pese a saber ostentar el mando con firmeza, carecía de algo que debe ser inherente al rango que ostentaba: astucia y estrategia. Las pérdidas en las luchas eran considerables. Hubo grandes discusiones en los planes de ataque antes de cada batalla, pero el Mariscal siempre tomaba la más arriesgada. Conquistaba la victoria, pero con un costo humano propio excesivo. El golpe de mando estaba planificado desde hacía varios días, pero para ello habría que eliminar no sólo al Mariscal, sino a los más allegados y fieles. Richard Moore, sin penas, ni glorias, abandonaba junto a otros aquella vida después de ser envenenados, traicionados”.        ¿Conclusión?: “Insipidez. Falta de valor. Temor”. Por fin extrajo algo que creía tener cierto sentido tras ciento cuarenta y siete páginas, y algo más de siete horas de lectura.      Ahora el ánimo cobraba aliento en la consecución de su labor. Algo de chispa brotó. Un vestigio de luz apuntaba cierta dosis de unión en esas experiencias. Posdata: En el artículo del día 1 de diciembre (Rojo octubre, peligroso noviembre y brillante diciembre. III Parte) comuniqué que personalmente había recibido por psicografía una serie de técnicas y procesos para aplicar en psicoterapia, que solucionaba el 80% de los problemas psicológicos del ser humano. La explicación resumida de esta psicoterapia es que elimina el ego, te reconecta con tu alma (conecta la Particularidad con la Singularidad) y tienes control emocional, siendo feliz en tu vida actual; al mismo tiempo dije que lo había transferido a dos Almitas maravillosas (psicólogas) que os los podía ofrecer mediante terapia, obvio que, con remuneración, pues es su trabajo, y que además ellas lo harán, pues mis tiempos están contados, para seguir en esa labor. No se trata de dar una formación, sino de recibir terapia para quien lo necesite. Durante un tiempo os habéis puesto en contacto conmigo para luego realizar el contacto con ellas (Rosario y Yesenia), pero ahora ya podéis hacerlo de forma directa mediante su correo profesional:  terapia.psico2@gmail.com También podéis visitar su Web: http://www.psico2-internacional.es   Para las actualizaciones de Todo Deéelij y preguntas sencillas: deeelij@gmail.com ===============el cielo en la tierra================================

CUARTA PARTE: FÍSICA Y ESPIRITUALIDAD

Física y Espiritualidad (Proyecto “La Física de la Espiritualidad”: 31) Posted: 01 Aug 2021 10:26 PM PDT     CUARTA PARTE: FÍSICA Y ESPIRITUALIDAD Cuando todo lo que ves es Él, cuando no ves nada que no sea Él; cuando en la vida cotidiana no hay nada, por negativo que sea que es capaz de quitarte la paz del alma… Cuando Marta se queda embobada contemplando al Maestro y María atiende sin sobresaltos a los trajines de este mundo… Cuando la mente es capaz de vivir la Espiritualidad y el alma es capaz de vivir la Física de la vida… Ya está. Es el momento de ser consciente de que estás con Él y Él está contigo. Se acabó. La ola es el Mar, Marta es María y María es Marta y ambas son Uno con Él. La Física y la Espiritualidad dejan de ser un oxímoron, dejan de ser fuerzas antagónicas, para ser lo mismo, dos aspectos de una misma realidad. Es aquello del “¡corten!”, se acabó la película; se acabó el relato de las dos hermanas navegando por la Mar océana. Ya no hace falta seguir con el símil, con la transfiguración, con el éxtasis. Todo vuelve a su Ser. Todo vuelve a su Ser Esta es una frase que aplicamos para referirnos al momento en el que algo que perdió su compostura, su situación de normalidad, recupera “su ser”, vuelve a ser lo que era, lo que nunca debería haber dejado de ser lo que era. En el símil termodinámico sugiere que volver a su Ser es recuperar el orden y la estabilidad, la armonía, eliminar el caos y la entropía que había generado la perturbación ocasionada por causas sobrevenidas. Tal como éramos, “the way we were” Tal como éramos Los recuerdos iluminan el fondo de mi mente. La llovizna empaña los recuerdos De cómo éramos. Fotografías esparcidas de las sonrisas que dejamos atrás, Sonrisas que nos dimos uno al otro Por cómo éramos. ¿Será que era todo tan sencillo entonces, O el tiempo ha vuelto a escribir cada línea? Si tuviéramos la oportunidad de hacerlo todo de nuevo, ¿Dime? ¿Lo haríamos? ¿Podríamos? Los recuerdos deberían ser bonitos pero, Lo que era demasiado doloroso recordar Decidimos simplemente olvidarlo. Por lo tanto, las risas son Lo que recordaremos Cada vez que recordemos Tal como éramos, Tal como éramos. https://www.youtube.com/watch?v=CVC3MZpQnmk Sí, cuando sientes, percibes, experimentas, experiencias o, como quieras expresarlo, que Todo es Él, te das cuenta, percibes, eres plenamente consciente de que tú, vuelves a ser Tú, tal como eras, tal como nunca debiste dejar de ser. Sientes que vuelves a vivir aquellos arcanos recuerdos de cuando caminabas desnuda por el paraíso de la mano de Dios, antes de ser tentada por la serpiente. Es la Séptima morada que, como diría Teresa de Jesús, no es el séptimo cielo donde los pintores barrocos pintan a los santos rodeados de angelotes en una apoteosis fabulosa. Por imaginar la séptima morada, Zurbarán, cuando recibió el encargo de fray Alonso Ortiz Zambrano de pintar, en 1631, la apoteosis de Santo Tomás, se imaginó “¡la hostia!”, resultando un cuadro espectacular de bonito y de elevadísimo con angelotes y todo tipo de seres celestiales y humanos elevados al paroxismo de la santidad. Además, como Santo Tomás era el sabio de los sabios, se lo imaginó rodeado de grandes letrados que le escuchaban anonadados de lo que sabía y etc., etc. Cada cual, en imaginar las cumbres celestiales, se lo puede montar como quiera de superchulo y de alucine. Y así, a los católicos se nos ha programado culturalmente para imaginarnos la cumbre celestial, cuando en realidad esa cumbre teñida de barroco no es ni más ni menos que “todo vuelve a su Ser”, tal como era antes de que se fastidiara por nuestra cultural y natural torpeza en afrontar la vida. La peli de Barbara Streisand y Robert Redford termina con ese adagio lamentoso donde sólo queda recordar ese “tal como éramos”, ese deseo de volver a ser lo que éramos. Los seres humanos nos hemos resignado a simplemente imaginarnos tal como éramos o tal y como quisiéramos ser, si no viviéramos separados en Marta y María, si mente y alma no fueran dos seres irreconciliables, el uno tirando hacia lo físico y lo tangible y el otro tirando hacia lo espiritual y lo intangible y trascendente. Y entonamos el “tal como éramos”, envueltos en la melancolía de lo que hubiéramos querido ser si el mundo nos hubiera hecho felices. Pero cuando, tras la increíble travesía oceánica descrita, tras haber incorporado de nuevo a Dios, a la Divina realidad en nuestra vida, vemos como poco a poco todo ha vuelto a su Ser original, te das cuenta de que el final del Camino, de la travesía en esta vida es, simplemente, recuperar tu Ser, lo que siempre has sido, pero tu mente, queriendo ser la reina del mambo, se lo montó a su manera, liándola parda y haciéndote vivir un infierno de dudas y de sobresaltos continuos, hasta hacerte creer que no hay más cera que la que arde, y que estamos aquí como una maldición gitana para simplemente sobrevivir. Como afirma Meister Eckhart, ya no es necesario atribuir un por qué a cada acto que hagamos; ya no hay razones para vivir, para levantarte todas las mañanas y afrontar la rutina diaria, preocupados en qué comeremos y beberemos o, con qué nos vestiremos, cuando vemos cómo los pajarillos del campo reciben sin trabajar su alimento o los lirios del campo se visten con galas que ni Salomón con toda su gloria y majestad hubiera jamás soñado. Porque la razón para vivir es simplemente Ser. En el fondo es simplemente vivir el instante, el ahora, confiando en recibir el pan nuestro de cada día. En el fondo se podría decir que el Camino que hemos descrito consiste en desmontarnos la peli; en desmontarnos, como diría el Buda, la peli de ese yo que es lo que mi pensamiento ha elaborado sobre mí. Por eso, porque el joven rico estaba tan apegado a su particular peli, no quiso dejarla para abandonarse a experimentar la Divina realidad en sí mismo y “volver a su Ser”. Se conformó con seguir recordando el “tal como éramos”, desde la añoranza y la nostalgia. Así que se trata, la séptima morada, en despertar y vivir la vida cotidiana tal como es, con sus luces y con sus sombras, con sus alegrías y penas, con salud y enfermedad, con riqueza y con pobreza. Una vida gobernada por el derecho imperfecto de ese “amar porque sí”, porque te amo y quiero hacerte feliz, porque te quiero como yo me he sentido amada. Es un vivir ya sin guardar ganado, dejando mi caudal a su servicio, sin oficio ni beneficio, porque ya sólo en amar es mi ejercicio. Mi alma se ha empleado, y todo mi caudal, en su servicio; ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio. (S. Juan de la Cruz) Física y Espiritualidad Esta es la razón del por qué he titulado esta serie como “Física de la Espiritualidad” o “Física y Espiritualidad” o la “Espiritualidad de la Física”… Algo que trate de expresar que no es posible vivir la Espiritualidad abandonando nuestra física naturaleza, o por qué razón Dios se encarnó en Jesús de Nazareth. Qué necesidad tenía de hacer lo que hizo. Porque era consciente de que en el hombre, física y espiritualidad son inseparables, al menos en esta vida, en este mundo. Ese ver al mundo y a la carne (a la Física) como enemigos del alma (de la Espiritualidad), sinceramente, creo que ha sido una auténtica “cagada teológica” (perdón por la expresión, pero es que a veces los tacos dan un necesario plus de intensidad a las frases para que se entienda lo que se pretende decir). ¿Cómo se puede separar, en pro de la santidad santísima, al hombre de su componente material? ¿Cómo se puede considerar al propio cuerpo como tu mayor enemigo, cuando Jesús lo denomina templo del Espíritu Santo? O Marta y María en su casa, viven juntas, o no hay forma de armonizar nada. Por eso, en la medida en que los humanos somos seres híbridos, a la vez biológicos (físicos) y espirituales, es por lo que no se puede ver lo material como enemigo de lo espiritual. Este es el cuento chino que nos han contado para mantenernos a los pobres parroquianos con ese asqueroso complejo de culpabilidad pecaminosa. La vida espiritual no se puede vivir a través de la derrota del cuerpo y viendo al mundo como la plasmación demoníaca del mal. Ese es el problema. Las personas no son ni buenas ni malas. Si recordáis la película Crash, de 2004, donde sus personajes eran personas capaces de llevar a cabo acciones tan encomiables como mezquinas, como ese poli John Ryan, que quiso abusar de la misma mujer que días después consiguió salvar, con riesgo de su vida, de un accidente de tráfico, nos podemos dar cuenta de que todos nosotros somos un híbrido de héroes y de villanos, de gente buena y mala, simplemente, en según qué circunstancias, brota de nosotros la virtud o el vicio. Y lo segundo, si en vez de juzgar a la gente como buena, la vemos buena, para hacerla buena y no la juzgamos como mala, porque así contribuimos a que siga siéndolo, entonces adquiere todo el sentido del mundo aquello de…  “amaos los unos a los otros, como Yo os he amado Que ese es el final de la peli, el final de la oceánica odisea que hemos visto en las entregas anteriores. Pasar de dejarnos amar por Él a amar a los demás como Él nos ha amado. En el fondo, la pedagogía del amor es muy sencilla; ya lo hemos visto anteriormente. Primero, saber que Dios nos ama, segundo, ser conscientes de que Dios nos ama (nada que ver); tercero dejarnos amar por Él (emprender la oceánica travesía) y por último amar como Él nos ha amado, que de eso va la séptima morada. No del paroxístico éxtasis sino de vivir la cotidianidad de la vida como Uno en Él, sin artificial separación entre lo físico y lo espiritual, sino todo en uno, en el mismo pack. Al fin y al cabo, más allá de liturgias y teologías, más allá de doctos conocimientos, todo consiste en nacer de nuevo, en volver a ser un niño, con los chakras abiertos, sin restos del karma acumulado por nuestros antecedentes penales que han tenido que ser purgados en ese Camino de Santiago con su prolongación oceánica vivida por Marta y por María, cuando creían que eran seres separados, independientes y euscaldunas, que diría un buen amigo mío, como forma de expresar el “yo a Boston y tú a California” que dirían las dos hermanas en sus viejos tiempos. Nicodemo no acertaba a entender aquello de volver al vientre de la madre, porque tenía la mente (su Marta) tan bien amueblada y operativa que, casi pecando de Asperger, trataba de entender literalmente lo de nacer de nuevo, cosa que no le cabía en la cabeza. Pero en realidad de eso se trata. En el fondo, si te das cuenta, buen amigo, el Camino casi no consiste en recorrer hacia delante, sino de regresar a “tal como éramos” cuando éramos niños, cuando toda la sarta de gilipolleces sociológicas, psicológicas y religiosas que nos metieron con ese “sueño del Planeta” inyectado en la educación y que nos han hecho “unos desgraciaos”, nos han convertido en “tal como somos”. Nicodemo no comprendía que la cosa no va de aprender, sino de des-aprender, de desmontar nuestro particular castillo de naipes sobre nuestra propia vida, desmontar nuestros modelos de realidad, que nos han hecho creer que es cierto, que es verdad, lo que hemos llegado a creer que para nosotros es cierto. Por eso, cuando Marta acepta embarcar en esa extraña nave sin timón, es como aceptar que ese viaje y a donde le conduzca, no depende de su pericia ni de su conocimiento ni capacidad de comprensión, sino simplemente, dejarse llevar, como desea hacer María. Y ¡voilà! Listo Calixto, al final se llega, una vez desmontado todo el follón vital que nos hemos montado, a reconocer que sólo desde la inocencia de un niño, podemos a ver a Dios en todo y a que todo lo que vemos sea Dios o está impregnado de Dios, como la luz del Sol baña la naturaleza durante el día, que de día viene Dios, etimológicamente (dios = día = luz) desde la noche de los tiempos indoeuropeos. Por eso, toda la transformación que experimentamos en la Vida Interior, donde Marta y María han podido vivir el proceso de fusión de algo que estaba dramáticamente separado (por mor del pecado, de la educación, del sueño del Planeta, o de lo que queráis, incluida nuestra propia naturaleza) consiste en ver la vida con los ojos de Dios y, como decíamos en la entrada anterior, “todo lo que ves soy Yo” (everything you see is Me). Ahora sí que podemos abordar cómo amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado, porque ahora sí, antes no, sabemos el auténtico sentido de la palabra Amor, como entrega incondicional al otro o a los otros, desde nuestra particular situación en este mundo; desde nuestra vida cotidiana. Que muchos piensan que tras el costalazo que supone volver a ser paridos, han de verse obligado a cambiar radicalmente de vida, abandonar padre, madre, esposa e hijos, venderlo todo y dedicarse a causas filantrópicas casi heroicas. Y si no, no vale. Otra vez pecar de síndrome de Asperger. Pues va a ser que no, que no hace falta liarse la manta a la cabeza, esa expresión que parece venir de cuando, para atacar a los almorávides, al Cid Campeador no se le ocurrió otra cosa que sus soldados se liaran sus mantas a la cabeza para parecer moros y protegerse de las flechas enemigas. La cosa parece que no funcionó. No hace falta tanta industria, sino seguir viviendo como siempre, haciendo las cosas que haces siempre y como las haces siempre, sólo que, viendo en todo momento a Dios en todo lo que haces y viéndole en todo lo que acontezca en tu vida. El cambio y la transformación de tu vida será absoluta. Tan absoluto y radicalmente distinto como el hecho de “pelar patatas” y “pelar patatas”. Más allá del criterio de mínimos La religiosidad centra su doctrina en la práctica de actos litúrgicos y religiosos y en el esfuerzo nada despreciable de mantener un comportamiento con el prójimo basado en el código moral de buenas costumbres tales como las obras de misericordia y la práctica de las virtudes, que todos ellas, las obras y las virtudes, suponen un compendio de las palabras que Jesús nos dejó en sus predicaciones, en especial el famoso Sermón de la Montaña. Pero respetar el código de buenas costumbres de nuestras religiones no son más que una exigencia de mínimos, el aprobadillo raspado, sostenido mediante el protocolario código litúrgico para mantener una comunicación con Dios, también basado en un criterio de mínimos, también para el aprobadillo raspado en nuestra relación con Dios. Lógicamente, tras la experiencia del Camino terrestre y oceánico vivido por Marta y por María, para llegar a seguir conformándonos con el aprobadillo moral y litúrgico, no habrían hecho falta tales alforjas. Es por eso por lo que a lo que vino Jesús no fue a derogar la Ley y los profetas, que traducido a nuestra realidad, la experiencia interior de Dios no viene a derogar la moral y la liturgia, sino a darle su máximo cumplimiento. ¿Cómo? Devolviéndole el sentido esencial que encierra detrás de la “para-fernalia” aparente que muestra con todo el oropel de las celebraciones religiosas. Algo así como quitarle la caja al diamante para verlo, gozar de su brillo, para luego comprender que semejante tesoro bien merece estar cubierto de una bella caja de terciopelo rojo. Pero la caja de terciopelo nada vale si no encierra el diamante. Diría Lao-Tse, que “el valor de la taza es el aire del volumen que contiene”, donde puedes contener el rico manjar. Pues pasa lo mismo con la liturgia y la moral, que su valor deriva de lo que contiene. Y es la Vida Interior y el Camino del descubrimiento (el contenido), la que otorga valor postal al continente. ==================================================== Autor: José Alfonso Delgado Nota: La publicación de las diferentes entregas de La Física de la Espiritualidad se realiza en este blog, todos los lunes desde el 4 de enero de 2021. =============el cielo en la tierra=======================================

Ensanchar los respetos

Ensanchar los respetos Posted: 29 Jul 2021 10:51 PM PDT   El respeto loable y exquisito que empieza a exhibir nuestra sociedad para con minorías de diferente orden, se echa en falta con respecto a los valedores de una salud y medicinas complementarias o integrativas. Aún con todo el reconocimiento por el ánimo institucional de salvaguardar la salud colectiva, aún con toda la consideración por el esfuerzo de vacunación a gran escala, no pensamos que es el “parche” (vacuna), ya casi obligado en el caso de Francia, lo que nos sacará definitivamente de esta hora difícil. Vendrán otros virus, otras calamidades diminutas y grandes (cambio climático). Al país de Louis Pasteur, a la entera humanidad, le resta reencontrarse a sí misma, en el retorno a lo sencillo y viable; en el cuidado de su alma y cuerpo colectivos. Al presidente de esa nación le falta reconocer cuando con esa “ciencia e ilustración” fuimos demasiado lejos, caminamos en exceso solitarios, sin tiento, sin atención a la Tierra y su armonía y leyes y comenzamos a olvidar lo natural, sostenible y por ende hermoso. Ya más en casa, sorprende igualmente el acoso al que están siendo sometidos las fuerzas y movimientos que disienten del enfoque oficial con respecto a la crisis de la pandemia. Esta persecución no tiene precedentes. La tesis y el discurso oficial, por muy mayoritarios que sean y lo son, bajo ningún concepto pueden intentar ahogar una muy legítima y franca disidencia. Podemos no comulgar plenamente con los postulados de la gran manifestación del pasado sábado 24 de Julio en Donostia, convocada bajo el lema de “Osasuna eta Askatasuna”, pero no se merecen ni ese silencio informativo, ni esa persecución ahora con una injusta y a todas luces excesiva amenaza de multa. El esfuerzo institucional de salvaguardar la salud de los ciudadanos no puede ser a costa de libertades. La Ertzaina, en particular, y el Gobierno Vasco, en general, no deberían persuadir en este hostigamiento sobre quienes albergan otro enfoque de la salud y la enfermedad. Nuestras avenidas son lo suficientemente anchas como para no tener que compartir necesariamente asfalto con quienes no desean inyectarse la vacuna. Las diferentes sensibilidades ante la enfermedad, los diferentes enfoques para superarla, han de convivir en armonía, al igual que esa sana convivencia entre diferentes se va instalando en otros ámbitos sociales. Las libertades que juntos y juntas hemos conquistado, no pueden limitarse con el argumento, en exceso magnificado y manido, de salvaguarda de la salud colectiva. Es un mínimo compromiso que debemos a tantos y tantas que vertieron su sangre y cayeron por ellas. La expresión de la pluralidad de enfoques sobre la salud y la crisis que atenaza al conjunto de la humanidad es un derecho por el que tiene que velar nuestra sociedad moderna. En el respeto a este género de disidencia, cada vez más numerosa, también nos jugamos democracia y modernidad. Quien piensa que el “pincho” no es la definitiva solución, quien opina que la vacuna no es por lo menos la exclusiva defensa ante el virus, quien defiende que una vida natural más respetuosa con la Tierra nuestra Madre, nos proporciona un escudo más poderoso ante esa y otras enfermedades, ha de ser respetado en todo su derecho de expresión y manifestación. Durante tiempo tratamos de calmar una extendida inquietud que proclamaba que la vacuna terminaría siendo obligatoria. La historia no vaya a dar tristemente la razón a ese alarmismo. La batalla ante el virus no la terminará de ganar una salida cortoplacista, ni la coacción que merma libertades y que obvia el verdadero origen de la crisis, cuál es la destrucción de la Naturaleza, sino el fomento de una nueva cultura de respeto y cuidado de la Naturaleza grande y pequeña, de la Tierra nuestra Madre y de nuestros cuerpos. Hemos de considerar la refundación de una nueva civilización sobre otros valores de sostenibilidad, austeridad y solidaridad. Cada vez más ciudadanos y ciudadanas sentimos que es el retorno paulatino a una vida más sencilla y natural lo que en verdad nos puede devolver la esperanza colectiva, lo que puede garantizar futuro para las próximas generaciones. ============================== Autor: Koldo Aldai (koldo@portaldorado.com) =====================el cielo en la tierra========= 

Las personas que atraes son el reflejo de lo que eres

Las personas que atraes son el reflejo de lo que eres – Mejor con Salud

“LA MUERTE NO EXISTE” – Jocelyn Arellano

¿Qué sucede cuando mueres?

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¿Cómo abrir el tercer ojo? ¡Sadhguru te dice cómo!

Estoicismo: una filosofía de vida. Massimo Pigliucci, doctor en Filosofía

Consciencia de Vida (Proyecto “La Física de la Espiritualidad”: 29)

Consciencia de Vida (Proyecto “La Física de la Espiritualidad”: 29) Posted: 18 Jul 2021 10:40 PM PDT   Sí, es la vida, estúpido; como le diría alguien a una persona que no se entera de cuál es la moraleja de la historia, de la parábola. Los discípulos no solían enterarse de las parábolas de Jesús y luego Él, en privado tenía que explicárselas para que las entendieran. Pues esto es igual, la mística utiliza la máxima expresión poética de la que es capaz, para explicar los acontecimientos del espíritu, del alma. Pero al final, cualquier texto de espiritualidad es una burda aproximación a lo que realmente sucede en el hondón del ser de la persona, porque Dios es simplemente inefable. Es por eso por lo que difícilmente nadie, a fuerza de discursos puede aumentar en un codo su estatura. No sirve de nada pensar o meditar, ni siquiera trascendentalmente. Dios es inefable, no se le puede estudiar; no se pueden escribir sesudos tratados de teología. Sólo se le puede vivir. Porque ¡Dios es la vida, estúpido! A ver si te enteras. Dios es tu propia vida, cuando eres consciente de que siempre y, cuando digo siempre, es siempre, ha estado y está contigo, porque tú, yo, nosotros, todos nosotros, somos Dios, cuando dejamos de ser yo. Esta frase es de Al-Hallay, el cardador, el agitados de las conciencias, el maestro místico sufí del Siglo IX. “Yo soy Dios cuando dejo de ser yo” Este es el final de la peli, de la Historia de Marta y de María, porque la barca de marras, realmente no va a ir a ninguna parte, simplemente desaparecerá en medio del Océano del misterio. Si queréis, que se hunda y se ahoguen Marta y María, o que la barca quede varada en algún lejano lugar. Cumplió su misión, fin de la historia. Todas las explicaciones, todos los tratados, todas las tesis doctorales, son inútiles para explicar el proceso que concluye cuando Marta y María son una, cuando Marta y María son la amada en el Amado transformada, cuando las pobres marineras de la barca son devoradas, invadidas, tragadas, fusionadas, en medio del Océano del misterio; en realidad, cuando dejan de ser ellas, son transformadas, es transformada en el Océano, son, es el Océano. Esto es inefable; no se puede explicar, sólo se puede vivir. ¡Es la propia vida, estúpido! Tu propia vida. Perdona que te diga ¡estúpido! Porque ante esto, ante el Misterio, todos somos estúpidos. Y la barca puede ser abandonada y que descanse tranquila entre juncos en la ribera de cualquier extraño paraje. Con ese abandono de la barca, se materializa, además, el fin del supremacismo religioso, esa creencia de que mi barca, mi religión es mejor que las demás, que es la verdadera frente a las demás, que son falsas. Ya no puedes sentirte superior a nadie, porque tú ya no eres tú, así que todas las máscaras y atributos exteriores, están demás. La barca te ha servido para navegar, como el Camino te ha servido para dirigirte a Compostela sin perderte, ha sido tu fundamento, la pieza clave, el medio para evolucionar, tanto a nivel individual como comunitario, el vehículo que te ha llevado y te ha conducido hasta aquí, pero ya está, ya estás en casa, has llegado al final del viaje, así que puedes hacerle un digno entierro en alguna playa olvidada. La ola es el Mar Este es el título de un conocido y precioso libro de Willigis Jäger. Este hombre, monje alemán benedictino, es uno de los más grandes maestros espirituales de nuestra época, que representaba la convergencia de las tradiciones espirituales de Oriente y la mística de Occidente. Lo hizo tranquilamente, en serenidad y en compañía de los que lo amaron. Para muchos de nosotros, su experiencia y su enseñanza ha supuesto una gran revelación y ayuda para renovar nuestra espiritualidad. Murió el 20 de marzo de 2020. Cuando la ola destaca de entre las demás, puede creerse que ella tiene entidad propia al margen de las otras olas y del Océano que la contiene, pero la ola no es ni más ni menos que un destello fugaz que tan rápido crece como desvanece. Y es ese proceso de desvanecimiento el que ha de hacerte comprender que tú, yo y cualquier ser humano no es otra cosa que un infinitésimo del Océano que cree venirse arriba porque el viento la empuja y se cree que tiene vida propia separada del resto de la existencia. Pero cuando desvanece, en ese proceso de abandono a la Providencia oceánica es cuando comprende que ella misma no es otra cosa que el propio mar. Pero para ello, finalmente ha de dejar de ser ella, para volver a ser Mar, que es lo que ha sido siempre. Y cuando desdeviene, descansa y entra en paz. Quizás en una siguiente reencarnación volverá a ser otra ola que de la misma forma dejará de ser. Siempre eres Dios, aunque circunstancialmente tus encarnaciones te hacen venirte arriba y creerte una ola. De alguna forma, nosotros, incluso desde el punto de vista biológico, formamos parte del Océano de donde surgió la vida. La célula es un conjunto de estructuras, básicamente formadas por proteínas y membranas plasmáticas lípidos-proteicas que conforman orgánulos que “nadan” en medio del agua orgánica que constituye tanto el líquido intracelular como el medio interno extracelular. Es decir, ese 70% de agua que conforma nuestro organismo biológico, es agua oceánica de algún modo. No es un símil, un “es como si…”. No, nuestro organismo físico literalmente “nada” en agua oceánica; nuestra ola particular que resulta en lo que vemos al mirarnos ante el espejo, es simple y puramente mar con algunas cosas (materia orgánica) flotando en él. El mar que llevamos dentro, en el que nadan nuestras células es la más pura y mística expresión de la vida a la que todos pertenecemos. Por eso, Willigis Jäger no pudo expresar mejor nuestra íntima relación con Dios que la misma que existe entre la ola y el mar. No sé si él cayó en la cuenta de esta biológica peculiaridad, pero es así. Los seres vivos celulares y pluricelulares son todos oceánicos, porque es el océano el que nos ha dado la vida. Las virtudes de mis defectos Las tradiciones religiosas nos inculcan la maldad del pecado, y cuando a los católicos nos toca confesarnos o en el comienzo de la misa, nos toca reconocernos miserables pecadores que por nuestra culpa, por nuestras grandísimas culpas, hemos sido capaces de pecar y de cometer actos horribles de pensamiento, obra y omisión. Una vez haber reconocido que somos unos miserables, pedimos perdón y etc., etc. ¿Y si “pecar” forma parte de la evolución? ¿y si el pecado forma parte del devenir de la existencia y nuestra vida no tiene otro sentido que evolucionar desde una naturaleza imperfecta a una espiritualidad perfecta? ¿Y si el nacimiento natural de la consciencia que nos permite ser conscientes de nosotros mismos no es sino el principio necesario para alcanzar esa plenitud consciente de que somos realmente parte indivisible del todo? ¿Y si el pecado no es otra cosa que las imperfecciones, las debilidades, los errores inherentes a la consciencia natural que nace así, imperfecta y, el sentido último de la vida es el proceso de reconocimiento de nuestra propia divinidad? Por eso, el sentido de la vida, de nuestra vida es la Vida misma, que la vida (en minúscula, la nuestra, nuestro pequeño yo) forma parte indivisible de la Vida (en mayúscula, la Divinidad). Es así como la Naturaleza sale de su realidad física hasta alcanzar su plena realidad espiritual; que la ola nace para ser consciente de que es, primero ola, para alcanzar la consciencia de que es Océano. Así que el pecado, lejos de ser una amenaza, es realmente una oportunidad para darte cuenta de que eres imperfecto, que cometes errores, que eres débil y, ser consciente de tus errores y de tus debilidades te abre, querido amigo, la puerta a proyectar tu vector vital hacia tu propio nuevo amanecer. Creo sinceramente que el pecado, despreciado por las religiones, es en el fondo una bendición, de nuevo un oxímoron. En mis años de estudiante de medicina, cuando mi interior ardía fascinado por mis primeras lecturas de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa, leí un librito que se titulaba “Las virtudes de mis defectos”. Fue la primera vez que pude comprender el sentido profundo de reconocerte pecador. Y no es el hecho de reconocerte culpable de delitos inconfesables merecedores de la pena eterna, como te hacen creer, sino el reconocerte que te queda mucho camino, toda una vida por evolucionar. Es como los alcohólicos, que no pueden comenzar su desintoxicación hasta que no reconocen que lo son. Reconocer los pecados tiene la gran virtud de reconocerte imperfecto, pero con una inmensa capacidad de crecer y de evolucionar. Es lo mismo que la persona que habla y se comporta cargadita de razón, plenamente consciente de que ella está en posesión de la verdad. Pues la ha “cagado”, porque si así va por la vida, creyéndose la máxima autoridad de los temas, nada tiene que aprender y se quedará en un injustificado subidón de autoestima y narcisismo, que le anclará en las profundidades de la ignorancia. Reconocer la verdad del error, creer en un sueño imposible, el de imaginar un mundo perfecto dentro de un mundo con apariencia casi demoníaca como el que nos ha tocado vivir o, el que en cada época de la Historia nos ha tocado vivir es de nuevo, dar el último giro de tuerca al Plan de Dios en nuestra vida. Moradas séptimas Cuando vamos al cine o al teatro y vemos una película o una obra o un concierto de música clásica, todos ellos espectáculos sublimes, te transportan a un clímax dramático que casi te dejan en éxtasis. Siempre me acordaré cuando asistí al concierto en el que escuché por primera vez la Sinfonía Manfredo de Tchaicovsky. https://www.youtube.com/watch?v=Dp_zFiFg7OA Ese final con esos acordes de órgano que, hasta donde yo sé, fue la primera vez que se empleó este instrumento en una sinfonía (luego Saint Saens escribió su tercera sinfonía para órgano), no sé vosotros, pero a mí me transportaron al séptimo cielo. Es decir, la vivencia de un libro de mística o de poesía o de una obra bellamente escrita y representada, te transportan a un personal idilio con la belleza, pero cuando la representación termina y cesan los aplausos del público, queda simplemente la vida cotidiana. Pues esto es igual, cuando en el capítulo anterior introduje ese ¡corten! o ese “The end”, como final de la peli que os he contado como la “Historia de Marta y de María”, como forma de representar la aventura de la mente y el alma en la búsqueda de la Esencia, uno se queda con un fugaz éxtasis al que se añade esa pregunta sobre qué ha sido de ellas, de Marta y de María. No hay otra respuesta que la de que en el Océano ellas se transformaron en el agua del Mar, que es en realidad en lo que fueron siempre, pero ellas no lo sabían, porque prevalecía la apariencia orgánica que vemos al mirarnos ante el espejo, sobre la esencia que es ese mar que nos inunda por dentro, en el que flotan todas y cada una de nuestras células. Es la misma sensación de Pedro, Santiago y Juan cuando Jesús les dice. Venga, bajemos del monte, que tenemos mucho curro por delante. Se desvanece la magia del relato místico y queda la vida cotidiana, la de todos los días, a la que te enfrentas cada día que sales de casa a trabajar, con los embotellamientos de tráfico, con el metro atestado de gente, con el jefe que siempre te putea, con las noticias que dan cuenta de una nueva metedura de pata del Gobierno. Es por eso por lo que cuando uno lee las moradas séptimas del Castillo Interior de Santa Teresa, creyendo que el alma quedará en un eterno éxtasis como pintan los autores barrocos, y lee que al final del camino lo que queda es la simple vida cotidiana, la de todos los días, uno como que se desilusiona, pues se da cuenta de que lo que ha leído ha sido una simple novela, una historia de amor, muy bonita, tanto como que hasta has derramado alguna lágrima de emoción, para que todo termine como empezó, en la misma vida cotidiana del comienzo. Es lo que tiene fiarse de los pintores como Sebastiano Conça, autor del cuadro, o de Murillo o Velázquez. Es quedarse en una apariencia imaginaria que sólo sirve para enfervorizar a los doctrinos o a la gente de buen corazón, pero que no refleja la realidad del alma que ha llegado a esas cumbres de la vida espiritual. Lo otro sí, lo que la propia Teresa afirma, “que Marta y María han de vivir y trabajar juntas”. Que todo consiste en que Marta y María reconozcan que esa dualidad entrambas es pura fantasía y que ambas son una con Dios. Es por tanto que tanto Marta como María se den cuenta de que ¡es la vida, estúpidas! Que no sois dos sino una y que no sois una separada de Dios, sino Dios mismo que es vuestra misma esencia, como el Mar es la esencia de la ola o como el Mar es la esencia de los seres vivos y que todos los seres vivos formamos parte de un único Mar Universal. Bueno, esto último, dicho con mucho cuidado porque lo más seguro es que los curas y los teólogos se revuelvan contra mí y quienes afirmen esto, que esto le sonará a panteísmo, esa doctrina y creencia según la cual todo cuanto existe participa de la naturaleza divina porque dios es inmanente al mundo. Para la teología y doctrina católica, me malicio que el panteísmo es considerado herético. Lo que sí se es que esta visión de la “ola es el Mar”, no nace de la fe católica sino del concepto de Tao oriental. De hecho Jäger, se fue a Oriente a buscar las raíces de la mística en la filosofía oriental y, cuenta él que, al conversar con un lama sobre estas cosas, el lama le dijo algo así como “¿Para qué vienes aquí a buscar lo que tenéis allí, perfectamente descrito en vuestra mística cristiana?”. Y es verdad, concluye, el cristianismo se asienta en las mismas bases que la mística oriental y en la sufí, porque la mística es universal, donde todo es Uno. Esa es la diferencia entre concluir el Camino de Santiago en Compostela, en el Pórtico de la Gloria, donde se sigue manteniendo el muro que separa a las religiones mutuamente excluyentes por sus respectivas doctrinas y terminarlo en Finisterre haciendo el ejercicio mental y espiritual de embarcar en la aventura mística del Océano, donde las barreras religiosas simplemente desaparecen y resultan constructos que sirven para lo que sirven, para iniciar la andadura desde la realidad de cada cual, sea de la religión que sea y viva donde vida, pero que decididamente no son en ningún caso el final del Camino. Así que las moradas séptimas que, desde una perspectiva mística es la fusión de Marta y María en una sola entidad y de esta en Dios, deviene en una visión y experiencia de la vida absolutamente diferente a la que uno tendría cuando comenzó en Roncesvalles (o en Nurenberg o Sydney) donde viviera su vida cotidiana. Tras la experiencia mística del Océano de Dios, el alma y la mente vuelve al origen, a Roncesvalles o Nurenberg o Sydney, pero ya nada será igual y lo describe muy bien San Juan de la Cruz. En la interior bodega de mi amado bebí, y cuando salía, por toda aquesta vega, ya cosa no sabía y el ganado perdí que antes seguía. Allí me dio su pecho, allí me enseñó ciencia muy sabrosa, y yo le di de hecho a mí, sin dejar cosa; allí le prometí de ser su esposa. Mi alma se ha empleado, y todo mi caudal, en su servicio; ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio. Que ya sólo en amar es mi ejercicio. Quedaos con esta última frase, porque lo que sigue va de esto… Que ya sólo en amar es mi ejercicio. ==================================================== Autor: José Alfonso Delgado Nota: La publicación de las diferentes entregas de La Física de la Espiritualidad se realiza en este blog, todos los lunes desde el 4 de enero de 2021. =================================el cielo en la tierra===================    

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